Memoria de los conciertos


DESDE RUSIA CON AMOR, PASANDO POR PARÍS.

Este guiño inicial, a lo James Bond, sólo intenta llamar la atención sobre la relación que hubo, intensa y fructífera, entre un país y una ciudad. París provocó, y aún provoca, un enorme atractivo para cualquier persona sensible a la cultura. En el caso de Rusia y los países eslavos, su fascinación se remonta a la época napoleónica e incluso antes. Sabido es que el francés fue, antes de la llegada del inglés, el idioma de la corte, de la aristocracia y de las relaciones políticas en Europa.

El enorme atractivo de París para todos los compositores rusos y eslavos fue indudable en el siglo XIX y principios del XX. Incluso hoy, París sigue siendo un importante centro cultural y un laboratorio musical para los nuevos creadores. Todos los compositores que sonarán esta noche fueron a París en algún momento, vivieron allí, se formaron allí, estrenaron sus obras allí e incluso murieron en la capital francesa. La influencia de París en la vivencia diaria y el carácter de estos compositores marcará definitivamente la Historia de la Música.

De las oleadas eslavas hacia la ciudad de la luz habría que remontarse a la mitad del siglo XIX, a ese deseo de triunfar en Viena y París de los creadores más allá del Rhin y del Danubio. Liszt y Chopin apostaron por hacerse un nombre en París, viviendo incluso como hijos adoptivos de Francia. Pero fue la Compañía de los Ballets Rusos con Diáguilev (1872-1929) al frente quiénes, al desembarcar en París en 1909, creó todo un fenómeno artístico, musical y cultural. Tal fue su revulsivo que, aún hoy, se habla, se imita, se regresa a sus coreografías y se añora aquel esplendor.

Pocos son los pianistas que afrontan un programa tan valiente. Valiente porque lo espectacular puede eclipsar los matices. Un reto así sólo se puede entender desde la técnica, la inteligencia, la constancia, el esfuerzo y la juventud.

No es de extrañar que el recital comience con una pieza de un compositor rumano como el intérprete. George Enescu (1881-1955) fue compositor, violinista, profesor, pianista, director, violonchelista, prácticamente no hay ningún campo que no dominara. Probablemente, el mejor músico que ha dado Rumanía dividió su carrera musical entre su tierra natal y París donde fallece. Alumno de Faure y Massenet y formador de grandes violinistas como Arthur Grumiaux y Yehudi Menuhin, entre otros. Tuvo la suerte o la desgracia de componer su archiconocida ‘Rapsodia Rumana’ de 1901. Esta es una de esas piezas que consigue tal fama que el compositor lamenta haberla escrito, porque eclipsa completamente el resto de su obra en el imaginario del público. Sin embargo, su producción es extensa y variada con tres sinfonías, una ópera (Edipo), una amplia música vocal y de cámara y múltiples piezas para violín y para piano.

Siete piezas repletas de fantasía componen la Suite para piano N. 3 ‘Piéces impromptues’, op. 18. Piezas con diferentes influencias que van desde Rachmaninov hasta Richard Strauss, pasando por Mussorgsky. El ‘Carrillon Nocturne’ que cierra la Suite, se suele interpretar como pieza separada y anuncia la música de Messiaen con sus personales acordes.

Contra toda evidencia, Modesto Mussorgsky(1839-1881) desordenado, holgazán, dipsomano, no hizo honor nunca a su nombre y se creyó en la poderosa eficacia de su originalidad única y en su ego inspirado. Por eso no es de extrañar el que la serie de intentos por lograr la obra de su vida, por medio de retocar y perfilar dando forma, haya sido superior a su misma producción total. ¿Qué sería de sus óperas sin Rimsky-Korzakov?. ¿Dónde estarían hoy los ‘Cuadros de una exposición’ sin la genial y caprichosa orquestación de Ravel? Aun así, Mussorgsky, será con su “Boris” una inmensa sombra para las creaciones musicales posteriores. Desde un tema al final de la Segunda Sinfonía de Sibelius a las claras alusiones en la obra de Shostakovich (Largo de la Quinta Sinfonía, Cuartetos de Cuerda, etc.), pasando por la vocalidad del “Pelleas” que el propio Debussy reconocía.

Cuando en 1874 Manet cuelga en la casa de Durán en París un cuadro titulado ‘Sol naciente – Impresión’, al día siguiente nace el Impresionismo. Verlaine escribía ese año ‘El arte poético’, Bizet terminaba ‘Carmen’ y Mallarmé soñaba con ‘La siesta de un fauno’ que publicaría en 1876. Veinte años después Debussy crearía su paráfrasis musical sobre el poema de Mallarmé, rompiendo moldes en la música. Todo esto viene a confirmar que uno de los tornillos o tuerca del engranaje del Impresionismo Musical fue el nada modesto Mussorgsky.

Así, veinte años antes que estallase la querella entre impresionismo y naturalismo (al que hay que unir su primo latino, el verismo literario y musical) es fácil ver en la obra de Mussorgsky qué afinidades unían en el embrión a estos dos movimientos artísticos, encaminados tanto uno como el otro a descubrir por la magia de los sonidos objetos y sentimientos.

‘Cuadros de una exposición’ es una obra pianística que rompe todas las reglas estatutarias de una obra de piano. En ella se pone de manifiesto un talento elemental que exige del intérprete menos recursos técnicos que compromiso psicológico. Nace a raíz de una exposición homenaje a su amigo Viktor Hartmann, recién fallecido. Muy afectado, decidió preservar las impresiones de lo que vio en un ciclo para piano compuesto por representaciones musicales, separadas gran parte de ellas por “paseos” (Promenade), como si el oyente se desplazase desde un cuadro hasta el siguiente. No hay espacio para ahondar en cada uno de los números que contienen una magia incontestable. Un ciclo que se debate entre lo místico y lo impresionista, entre el realismo y los más sutiles experimentos sonoros y que, curiosamente, no ha hecho jamás escuela.

Serguei Prokofiev(1891-1881) no sólo se enamoró de París sino que la visitó asiduamente y terminó viviendo allí seis años. El ‘enfant terrible’ del piano ruso fue un hombre de éxito hasta que la suerte giró en su contra. Mimado desde la infancia, educado entre algodones, inteligente, culto, privilegiado, se permitió el lujo de ser rebelde e inconformista. El tiempo le enseñará lo contrario en su madurez. Occidente tenía a ‘su’ ruso en Stravinsky, su tierra a Shostakovich; el autoexilio no le ayudó, su regreso a la Unión Soviética tampoco, su primera mujer fue acusada de espía y enviada a un gulag, Stalin y su ‘plan cultural’ lo atemorizaba y lo controlaba y, para colmo, falleció una hora antes que Stalin. Su muerte pasó desapercibida. Esta Sonata se terminó el 28 de Agosto de 1912. Fue una pieza a la que recurrió en muchos de sus recitales porque, según él, demostraba su carácter y su virtuosismo. La influencia de Stravinsky se hace palpable desde el comienzo donde el ritmo crece obstinado en el primer movimiento. El ‘scherzo’, circense e irónico, es un incontenible ritmo de marcha característico en toda su producción. El humor que desprende será siempre una seña de identidad y, pese a su juventud, es uno de los ‘scherzos’ más finos realizados por el compositor para piano. El tercer movimiento explora el lado oscuro y místico del joven Prokofiev, demostrando la capacidad de expresar profundas emociones. El final, algo bárbaro como era habitual en él, se desplaza entre un ritmo sincopado, energía pura y un virtuoso efectismo para recibir la ovación del público. No olvidemos que la fuente principal de ingresos de Prokofiev eran sus recitales pianísticos y más, a los veintiún años.

Después de Prokofiev, los tres Preludios de Scriabin (1871-1915) conforman un hermoso valle donde la alargada sombra de Chopin aparece en el N. 9, donde Debussy y Satie se anuncian en el N. 10 y donde un romántico lirismo se consuma en el N. 11. Scriabin, a diferencia de Prokofiev, con el cual no congeniaba en absoluto, visitó París para dar conciertos y hacerse un nombre. Poco valorado por la mayoría, su aportación es fundamental para entender la evolución pianística del siglo XX.

Díáguilev hizo que París descubriera Rusia como una fuerza de hermosa y sana barbarie, rebosante de nuevos gérmenes que fecundaron el pensamiento musical de occidente. Un año después de su llegada a París, Diáguilev andaba a la caza de nuevos compositores para sus ballets. Fue el empresario el que tenía en mente una fantasía sobre la leyenda folclórica del Pájaro de Fuego. Stravinsky(1882-1971), con veintiocho años, fue el elegido y está obra fue su carta de presentación y su entrada en la Historia de la Música.

El ‘Pájaro de Fuego’ es un brebaje mágico: hechicería musical rusa, recubierta de efectos franceses e iluminada por el talento de Stravinsky. La obra está plagada de referencias a su maestro Rimsky, pero también hay influencias de Glinka, Tchaikovsky e incluso de Wagner. “Stravinsky, con su Pájaro de Fuego, ha encendido las luces del salón wagneriano”, afirmó un crítico de la época. La partitura, donde misterio y esplendor, encanto y bárbaro frenesí se van combinando sucesivamente en sabios contrastes, ejerce sobre el oyente un atractivo excepcional. La adaptación pianística sólo nos dará unas pinceladas geniales a la visión orquestal que el compositor creó, pero nos atrapará con su energía y ritmo contagioso cerrando así una gran velada y, como dice Rick al final de ‘Casablanca’ : “siempre nos quedará París” .

Sebastián León.


La Sociedad Filarmónica abre temporada

CIOBANU, MEJOR EJECUTANTE QUE INTÉRPRETE

G.García-Alcalde

La casi bicentenaria Sociedad Filarmónica de Las Palmas de Gran Canaria ha abierto su temporada 2018/19 con un proyecto de gran pianista. Digo proyecto porque el joven rumano Daniel Ciobanu, virtuoso espectacular, parece interesado en actualizar el repertorio con acentos contemporáneos, que es una actitud llcita y loable; pero el ejecutante aún se come al Intérprete. Con una potencia de ataque descomunal, sus fortísimos suenan ásperos y descarnados, mientras que el precioso cantábile de los episodios tenues y ligados, en los que muestra su vena expresiva, salen casi siempre del pedal una corda. Es como un pintor expresionista que se limitase al blanco y el negro..

Comenzó con dos grandes compositores y directores rumanos del siglo pasado. De Constantin Silvestri, una Bacanal de exagerados contrastes entre el calado salvaje y las filigranas decorativas. Y de George Enescu, un curioso Carillon en el que ambas manos tocan en tonos diferentes y generan un  campaneo de sabrosas disonancias. Cuatro compositores rusos cubrieron el resto de la velada. Bueno está que un texto tan resobado como los Cuadros de una exposición de Mussorgsky,  suene más allá del tópico en lecturas personales y creativas. Pero los porrazos desaforados, secos a veces y otras resonantes en tormentas de armónicos gratos al oído del pianista, pero antagónicos en la escucha por abuso del pedal correspondiente, inciden de contínuo en la estética del claroscuro, sin huellas del estilo del compositor y olvido de su voluntad de sonorizar estampas de carácter.

Aceptable el virtuosismo extremo de la Segunda sonata de Prokofiev, mejor controlada en pulsación y armònicos; excelentes los tres Preludios de Scriabin, escritos cuando ya se despojaba de la piel chopiniana y deliciosamente cantados por Ciobanu; y de nuevo aterradores excesos en la difícilísima partitura sinfo-pianística de una suite del ballet El pájaro de fuego de Stravinski. Lo mejor del programa fueron las págínas tranquilas en dinámicas medias o bajas, con las que el pianista, repito que espectacular, daba la mejor versión de sí mismo, que por ahora es la lìrica.

Celebrado con aplausos perfectamente descriptibles, ofreció como bis una vertiginosa pagina jazzística.  Cuando modere su afán, un tanto teatral, de reinventar la música, el joven Ciobanu puede ser un gran pianista. Ojalá…


Concierto

Daniel Ciobanu, pianista, para la Sociedad Filarmónica

Programa

Obras de Silvestri, Enescu, Mussorgski, Prokofiev, Scriabin y Strasvinski

15 de octubre de 2018, Teatro Pérez Galdós


Ensemble Matheus

EL ASESINATO DE VIVALDI


La interpretación de Las cuatro estaciones de Vivaldi hizo evocar al británico Thomas de Quincey (1785-1859) y su famoso ensayo El asesinato como una de las Bellas Artes. Una introducción verbal del director y solista francoitaliano Jean-Christophe Spinosi, divertida por sus apuros fonéticos con la lengua española, dio pistas al muy numeroso público sobre el obvio descriptivismo del gran compositor veneciano, ilustradas con ejemplos sonoros. El y sus magnificos instrumentistas se dedicaron seguidamente a masacrar la más bella y popular partitura del Barroco meridional, admirado por el genio del Septentrión, J.S.Bach.

El precioso sonido del Ensemble, su virtuosismo y estilo diferenciado fueron entrando en un jardín de rarezas y exotismos, silencios, extremosidades dinámicas, planos caprichosos, contrastes exagerados y hasta disonancias –no escritas- en el cembalo, que, además de desnaturalizar el capolavoro explicitan su inutilidad, porque nada aportan. Al contrario, hacen añorar el espléndido servicio que podrían prestar a las numerosas obras maestras escritas para orquesta de arcos en los siglos XX y XXI. En consecuencia, vano esfuerzo, larguísimo y finalmente aburrido. Vivaldi quedaba muy por encima de la versión a medida que aquel extravagante onirismo traía a la memoria otro ensayo de De Quincey: Confesiones de un opiófago inglés.

El concierto había comenzado con brillantes interpretaciones de la Obertura e Interludio del Jerjes haendeliano y de uno de los más amados Concerti grossi de Corelli (op.6 num.8 en sol menor). La iconoclastia evidente, la originalidad de la lectura y la luminosidad del sonido habían respetado los límites del estilo y puesto de relieve la gran clase del conjunto. Pero preludiaban el asesinato de Vivaldi, obra base del programa…

Spinosi, buen violinista y muy dotado director, empezó la velada volviéndose al público para desearle Feliz Navidad. El sol entraba por la vidriera del Auditorio en la primera tarde realmente primaveral del año. Como propina, el Summertime de Gershwin en delicioso anticipo del verano.

G. GARCÍA ALCALDE


Concierto

Ensemble Matheus dirigido por J.Ch.Spinosi, para la Fundación Auditorio-Teatro y la Sociedad Filarmónica

Programa

Haendel, Corelli,  Vivaldi y Gershwin

Día y lugar

27 de mayo de 2018, Auditorio Alfredo Kraus


PALABRA Y MÚSICA EN LA FRAGUA DEL MELODRAMA

Espléndida recuperación de un género casi inédito en Las Palmas, a despecho de su significación histórico-artística. El melodrama entra en escena con Rousseau a mediados del siglo XVIII, es cultivado en el XIX por los grandes creadores románticos y tiene presencia en el XX nada menos que con Strauss, Schönberg y Stravinski (entre muchos otros). El Teatro Pérez Galdós ha programado en colaboración con la Sociedad Filarmónica las dos piezas legadas por Richard Strauss, breve la primera sobre un poema de Uhland, El castillo junto al mar; y muy larga la otra sobre el poema-folletón Enoch Arden, de lord Tennyson.

El melodrama es recitación acompañada por uno o varios instrumentos, en los que vierte el compositor las ideas musicales sugeridas por los textos. Puede ser teatral en un contexto de ópera, o limitarse a recitador y piano en el salón familiar. Lo que aquí hemos visto es una variable que teatraliza imaginativamente la segunda fórmula. La siempre admirable y rompedora pianista Rosa Torres-Pardo desarrolló la música escrita como glosa y ambiente de los poemas, prolongada en otras piezas de Strauss muy afines a las situaciones vocalizadas con clara y brillante articulación por el actor Pedro Aijón Torres, cuyo movimiento dramatiza el estatismo salonero.

Como director artístico, Paco Azorín crea un gran espectáculo con adecuados elementos de atrezzo y, sobre todo, enormes videogramas de fondo que visibilizan el relato poético. De un gusto romántico que evoca la metafísica soledad de Friedrich, la Naturaleza idealizada por la épica decimonónica y las escenas de costumbres de los pintores holandeses, esas imágenes imponentes, perfectamente fundidas en su decurso, como también la iluminación, completan la recita verbal con un sugerente relato visual.

Torres-Pardo, maestra de las veladuras y los matices, ha vuelto a sorprendernos con una idea diferente y extraordinariamente atractiva. Su imaginación siempre ha sido y será bien recibida con caluroso aplauso.

G. García-Alcalde

 

Concierto

Melodramas de Richard Strauss en el ciclo Música y Literatura del Galdós y la Sociedad Filármonica. Organiza: Teatro Pérez Galdós.

Intérpretes

Rosa Torres-Pardo, pianista, y Pedro Aijón Torres, actor, dirigidos por Paco Azorín

Fecha y lugar

 

3 de mayo de 2018, Teatro Përez Galdós


CONCIERTO Y CONTEXT0 DE UN QUINTETO BERLINÉS

Muy poco después de la caída del Muro, hace casi 30 años, tomó Barenboim la dirección de la Staatsoper de Berlín y de su orquesta titular, la Staatskapelle. Aquellos entes funcionariales de la vieja RDA están hoy en los primeros planos de la protéica oferta berlinesa. Solistas de la orquesta son los cinco admirables músicos (flauta, oboe, clarinete, fagot y trompa) presentados por la Sociedad Filarmónica. El Quinteto ha hecho un programa “americano”, incluyendo en el concepto el Cuarteto de cuerdas Op.96 de Dvorak, escrito en EE.UU. y precisamente subtitulado Americano. Firma David Walter una leal transcripción de las cuatro cuerdas a cinco vientos, pero estos arreglos siempre son problemáticos. La esencia y la forma dimanan en buena parte de los colores y timbres elegidos por los autores. El cambio las altera y despista la memoria musical del oyente, disociando el concepto del contexto nativo.

Otra cosa es cómo se interpretan, impecablemente en este caso. Los cinco berlineses plasmaron con riqueza lo que ha sido indudable fuente de inspiración de la épica del cine de las grandes praderas y la lírica de los bailes y fiestas populares. Este depósito de temas y ritmos creado avant la lettre (1904), siendo el cine rigurosamente mudo y nada comercial, dió inagotables ideas a los compositores cuando el “séptimo arte” ya era una de las dos aportaciones caudales de los USA  al mundo entero. El gran compositor bohemio tiene indudables derechos de paternidad.

La otra aportación musical norteamericana es el jazz. Gershwin firma los tres Preludios para piano trasplantados por Willian Hoyt a quinteto de vientos, que abrieron el concierto con satisfactoria lectura de los ritmos, los breaks y las gangosidades melódicas. Después de Dvorak, la primera obra original para conjunto de vientos fue una Suite de Günther Schuller,  moderna de escritura e impregnada de swing en los dos movimientos vivos, con un precioso Blues central. Bajando hacia el Subcontinente, los cinco Aires tropicales de Paquito d’Rivera, dieron brillante cuenta del patrimonio rítmico-cantable del Caribe, si bien despojado de la fundamental percusión. Y ya en el espacio sonoro argentino, la suite Belle epoque in Sudamérica, de Julio Medaglia culminó el recorrido comenzando por el indispensable tangazo y  cerrando con las cómicas llamadas de un requinto tañido por el clarinetista. Como bis, el Tico-Tico de ordenanza.

En suma, un concierto agradable y expresivamente recibido por el público filarmónico.

CONCIERTO

Quinteto de Viento de la Staatskapelle de Berlín, para la Sociedad Filarmónica de LPGC.

PROGRAMA

Recorrido americano con Gershwin, Dvorak, Schuller, Paquito d’Rivera y Medaglia

LUGAR Y FECHA

Paraninfo de la Universidad,  18 de abril de 2018

G.García-Alcalde / LA PROVINCIA /


Notas al programa:

América: FUSIÓN, CONFUSIÓN, COCKTAIL …
” Todo es posible en América ”… La tierra prometida para muchos, la esclavitud para otros tantos, la colonización, la lucha por la supervivencia de unas formas de vida, etc. Continente lleno de contrastes, de raíces, de influencias, marcado por los que la vieron nacer y por los que llegaron. Un mundo nuevo de razas, creencias, supersticiones, mezcla de lo arcaico y lo moderno. Todo esto y más, hacen que América vaya creciendo en todos los órdenes desde mitad del siglo XIX, conviertiendose en el foco cultural del mundo en el siglo XX.

La música americana, como tal, no existe. Etnológicamente es imposible, excepto allí donde hay una decidida reacción como raza (indios, pieles rojas o negros), o en el jazz, único género musical nacido en América. Todas las creaciones musicales parten en su mayoría de la herencia europea. La asimilación y simbiosis es clara en todo el continente. Y la mayoría de sus procesos y su evolución siguen los patrones clásicos.

Gershwin americano, judío y de ascendencia rusa es un claro ejemplo de diversidad y mezcla.

La obra que vamos a escuchar en esta velada es una adaptación para instrumentos de viento de los ‘Preludios’ para piano que Gershwin publicó en 1927, dedicados al músico y letrista Bill Daly. En principio, estas piezas sólo sirvieron de meros intermedios musicales y pasaron totalmente desapercibidos. Con su publicación como un todo, llegó su fama. Dos piezas rápidas encuadran otra más lenta. La primera y la tercera están indicadas ‘Allegro ben ritmato e deciso’ y tienen un carácter jazzistico muy acentuado. La segunda, ‘Andante con moto e poco rubato’, está próxima al espíritu del blues. Nostálgica y penetrante, muchos creen ver en ella las huellas de los orígenes judíos del compositor y un claro ejemplo de esa ”facilidad” para integrar en su propio lenguaje los elementos tradicionales sin caer en la sofisticación. No cabe duda que, en estas piezas, el compositor se muestra presa de la tentación ”clásica” de sus modelos preferidos, Debussy y Chopin, sin pretender llegar a la altura de ellos. Estos ‘Preludios’ tienen diversas transcripciónes, la más famosa es la realizada por el gran Jascha Heifetz para violín y piano. También y como curiosidad, Arnold Schoenberg los orquestó.

Dvorak aparece en medio de tantos americanos por tres motivos. Su estancia, casi huida, a Estados Unidos. Su archiconocida Novena Sinfonía ”Del Nuevo  Mundo” y este cuarteto, con el simbólico sobrenombre de ‘americano’. Hoy lo escucharemos en un arreglo para quinteto de vientos, que le dará seguramente un carácter más americano si cabe. Dvorak sufrió toda su vida crisis de creatividad, decaimiento y una melancolía innata en él. Asumió el cargo de director del conservatorio de New York con ilusión y creyó que nuevos aires lo distraerian. Se equivocó.

Este cuarteto es la más célebre partitura de toda su música de cámara. Fue compuesto en tan sólo diesicesis días entre el 8 y el 23 de junio de 1893. Los primeros meses en su puesto habían sido agotadores y lo habían sometido al típico sacrificio de las conveniencias sociales: cenas interminables, conciertos benéficos con obras que no eran de su agrado, besamanos con políticos sin gusto y sin oído, etc. Entre enero y mayo de ese año compone la Sinfonía ‘Del Nuevo Mundo’ . Pretende regresar a su tierra por vacaciones, añora, duda y  renuncia ello. Acepta la invitación de su alumno y ayudante Jan Kovarik, para ir a Spilville, pequeño pueblo en el estado de Iowa con una gran y participativa comunidad checa. Aquí, rodeado de un gran bosque, con las casas agrupadas alrededor de la escuela y la iglesia de San Wenceslao, Dvorak se sintió como en casa. Aquí participó de los ritos religiosos indios y de los cantos negros tanto en el campo como en la iglesia. Todo esto le dejó una impronta. Bebió el espíritu de aquellas melodías y luego inventó las suyas, todas bajo la luz de esa serena influencia.

Este cuarteto transmite una espontaneidad que no engaña, pero lo que más sorprende es la ósmosis natural entre los rasgos indígenas y la autenticidad checa. ¿Es un blues, lo que oímos, o una cantinela de la cual Dvorak posee el secreto? Muy atento, el compositor añade anotaciones personales. Tal es el caso, al principio de ‘Scherzo’, de la imitación que el primer violín hace un pájaro de la región, el tanager, de plumaje rojo y negro, o las evocaciones del órgano de San Wenceslao, que a menudo tocó. Aquí es todo emoción simple y color, alegría y movimiento.


Tres, entre muchos, son los cocktails más característicos de América. El ‘Manhattan’ de la ciudad de New York, centro cultural y social de Estados Unidos y punto de referencia de la creación  esde hace años. El ‘mojito cubano’ que forma parte de la sangre viva y salvaje del Caribe y que evoca lo fresco y lo nuevo, pero al tiempo la España colonial y madre. Finalmente, la ‘caipirinha’,  reflejo de un mundo selvático y puro, escondido al tiempo que carnavalero, lleno de fuerza y danza, aún por descubrir.

Con un ‘Manhattan’ entramos en Estados Unidos. Allí, a mediados del siglo pasado, nace una tendencia de fusión y confusión entre los diferentes géneros musicales, incentivada por la homologación cultural que han efectuado los medios de comunicación.

Las influencias y recíprocos intercambios pueden resumirse en estas relaciones: música culta – jazz, jazz – música popular, música popular – música culta. Uno de los más fervientes defensores y fundador de la fusión entre música culta y el jazz, la ”Tercera Vía”, fue Gunther Schuller. Nacido americano de ascendencia alemana, es autor de la fundamental monografia sobre el jazz, ”Early Jazz” de 1968. Comprometido con la enseñanza, creó e inició proyectos educativos, orquestas de jazz y clásicas e incluso propuso leyes para que la música estuviera presente en todas las etapas de la formación de los niños. Ahondó en la idea de unificar estructuras rítmicas con melodías refinadas, fuertemente intelectualizadas por las frecuentes referencias a temas, formas y estilemas de la música culta como el contrapunto, Bach o los virginalistas ingleses. Alumno de Milhaud y Schoenberg, Schuller influirá sobre grandes nombres del jazz como Gerry Mulligan, Miles Davis o Dave Brubeck.

Esta Suite fue compuesta en 1945. Clara es la improvisación jazzistica, la herencia clásica y el virtuosismo que se le da a cada instrumento. Transpira la influencia del grupo francés ” Los Seis”(Honegger, Milhaud, Poulenc, etc.). El primer movimiento es una propuesta. Se escuchan tonos discordantes e imprecisos que juegan entre sí en una llamada al orden. ”Blues” es un fragmento lánguido, con frases desiguales y tonos exagerados. Con un lenguaje de líneas angulosas, en un momento determinado, se hace una referencia a Gershwin. Finalmente, “Toccata”, es una llamada breve, con un ‘ostinato’ irregular, disonancias y un recuerdo a la “Consagración” de Stravinsky. La obra, la más difícil de oír de esta velada, termina con un guiño y un encogimiento de hombros.

El ‘mojito cubano’ nos lleva a Paquito D’Rivera que creó esta obra para el Quinteto Aspen, estrenandola en New York en 1994. Inicialmente, en forma libre de suite, se dividía en cinco movimientos. D’Rivera añadió otros dos y cambió, en más de un recital, su ubicación dentro de la obra e incluso prescindiendo de algunos. La ‘Alborada’ se desarrolla en un ambiente de ensoñación y da paso a un ‘Son’, el movimiento más extenso de los siete, que se basa en el característico ritmo obstinado de esta danza cubana. La flauta, el clarinete y el fagot dialogan en una sensual ‘Habanera’ antes de dar paso al ‘Vals Venezolano’, dedicado al compositor y guitarrista Antonio Lauro. ‘Dizzyness’ es un homenaje al gran músico de jazz Dízzy Gillespie, donde se emplea el lenguaje armónico más complejo de toda la obra. ‘Afro’ vuelve a las raíces con ese inicio lento en la flauta. La obra concluye con una ‘Contradanza’ basada en un ritmo cubano, clara heredera de Ernesto Lecuona.

Al fresco sabor de una ‘caipirinha’, los ritmos del cono sur americano sirvieron de inspiración a Julio Medaglia en su ‘Suite Belle Epoque’. Ritmos populares que se fusionan en una escritura heredada de la tradición clásica. Nacido en Sáo Paulo, Medaglia se formó con Pierre Boulez y Karlheinz Stockhausen, siendo asistente del director Sir John Barbirolli y participando activamente en el proyecto educativo-musical de Gunther Schuller. Asombrosamente, Medaglia decidió volver a su tierra y dejar esa carrera internacional. Autor de numerosas bandas sonoras y de arreglos de la música popular brasileña, su obra más conocida en las salas de concierto es ésta. La compuso para el quinteto de viento de la Filarmónica de Berlín y evoca tres de las danzas más populares a comienzo del siglo XX. El tango porteño, “El Porche Negro”. El vals criollo, “Vals Paulista” y el ‘chorinho’, “Rekinta Maluca”, uno de los ritmos más característicos de la música brasileña. Tanto para los intérpretes como para los oyentes, estás obras muestran una vitalidad inmensa a la creación musical de un continente digno de ser redescubierto y oído.

SEBASTIÁN LEÓN

 


EL COMPLEJO MUNDO DE LA PERCUSIÓN TEMPERADA

Interesante programa de percusión el ofrecido por Francisco Navarro, timbalero solista de la Orquesta Filarmónica de Gran Canaria. Siempre a solo, con colaboradores en dos obras, ejecutó una selección de autores y obra de los siglos XX y XXI, decisivo el primero en el desarrollo del género por el éxito internacional de los pioneros y ya legendarios Percusionistas de Estrasburgo, presencia obligada desde los años cincuenta en los festivales de música contemporánea de su ciudad. Darmstad, Donaueschingen y otros puntos de encuentro de la entonces vanguardia europea.

Abrió sesión una pieza de cangelosi, Wicca, con set-up reducido de membranas y superficies metálicas. Distintas baquetas, escobillas y rozamientos manuales combinan la tímbrica, con ritmos fijos o abiertos en dinámica predominantemente fortísimo. La idea se configura como un ritual religioso.

No podía faltar la marimba de la gran compositora Keiko Abe, representada por dos obras. Dobles baquetas en cada mano para tañer el instrumento temperado con alternativas de ataques dulces o agresivas, diseñan en la primera, Variaciones sobre una canción infantil japonesa, episodios muy contrastados entre la evanescencia lírica y el efectismo lúdico. En la segunda, Marimba d’amore, predomina la imagen poética en delicados trémolos y apuntes de melodía armónica sobre los acordes de cuatro notas. Los motivos dramáticos intercalados completan un juego de sonoridades de gran belleza.

El Piazzonore de Gerassimez, para vibráfono y piano (Ana Marrero Acosta) es una sustanciosa lectura del Libertango de Piazzola, alternativamente melosa o dramática, perfecta en el ajuste rítmico de los dos instrumentos, y en el carácter narrativo, con final virtuoso en Vibráfono, De otro grandísimo compositor, el greco francés Iannis Xenakis, Rebonds B, un ostinato a solo de gran volumen, magníficamente proyectado desde otro pequeño set-up.

Finalmente, la Marimba espiritual de MIkki, dedicada a Keiko Abe, fue el despliegue espectacular de los medios técnicos y la expresividad de Navarro, en este caso alternado con otros tres percusionistas en placas metálicas agudas (David Hernández, Hepsiba Bernal y un tercero cuyo nombre no retengo). Pese a lo inhabitual del repertorio y el instrumentario, el público filarmónico, esta vez en el Paraninfo de la Universidad, disfrutó del programa y lo premió con entusiasmo.

G. García Alcalde / LA PROVINCIA / 14/4/2018


CLEMENTE RESCATA DEL OLVIDO A ASCOT

Sin duda tiene significación histórica el concierto de Ignacio Clemente Estupiñán, pianista teldense y doctor en Historia y Ciencias de la Música, ofrecido por la Sociedad Filarmónica de Las Palmas. Nada menos que doce partituras inéditas de la compositora Rosa García Ascot sonaron en primera audición absoluta, todas ellas rescatadas, entre otras muchas, de la dispersión y el olvido gracias a la exhaustiva búsqueda del interprete para su tesis doctoral. García Ascot, única discípula directa de Manuel de Falla, también fue la única mujer del Grupo de los Ocho -o Generación de la República- que hubo de exiliarse tras la guerra española. Ella era, hasta el trabajo de Clemente, la menos conocida.

Este concierto abrió el Ciclo Compositores españoles en el exilio, que la Filarmónica se propone desarrollar, Su Presidente, Pedro Schlueter, leyó, alternando con las partes musicales, un texto de Clemente muy valioso como resumen informativo, ilustrado en pantalla con numerosas imágenes de la tesis, a su vez espléndidamente publicada por la firma canaria ediciones Idea que la puso a disposición de los asistentes anticipando la presentación pública del volumen. Hoy podemos decir que el rescate biográfico y artístico de la compositora la sitúa en pie de igualdad con otros exiliados del Grupo, tan conocidos como los hermanos Halffter (Rodolfo y Ernesto), Julián Bautista, Barcarisse, Pittaluga y Remacha. De aquí el valor histórico de la doble aportación de Ignacio Clemente.

La obra pianística de Rosa García Ascot, generalmente volcada en composiciones breves, participa de la reacción antirromántica de la llamada generación de Maestros (Falla entre ellos) que propone una actualización de las escuelas clavecinísticas del siglo XVIII (Scarlatti y Antonio Solr, básicamente) y la estilización de las expresiones populares. Son formas escuetas, transparentes, de gran elegancia y refinado estilo, que, siempre dentro de la tonalidad, recuerdan en sus ritmos, trinos, grupetos y apoyaturas la pulsación cristalina del cémbalo. La compositora falleció en 2002 a los cien años de vida. En su transcurso evolucionó poco armónicamente, Adensando las sonoridades y jugando con las disonancias sin salir del sistema tonal. La línea divisoria, muy acentuada, es la del exilio.

Ignacio Clemente fue modélico en la claridad pulsátil y el rigor del estilo, sumando a las piezas de García Ascot una Sonata de Scarlatti y dos páginas de Falla que sugieren los puntos de partida y llegada de la compositora. Una velada enteramente satisfactoria, a excepción de la acústica del Teatro Cicca. Absolutamente horrible para la música. Hasta el piano necesitó amplificación…

G. García Alcalde / LA PROVINCIA / 7/4/2018


JAVIER CAMARENA, EL ALMA DE LA VOZ

G-García-Alcalde

“La voz tiene alma”, dijo el tenor mexicano al público que abarrotaba el Auditorio, evocando la maestría de Afredo Kraus como referente máximo de su arte. El alma de su propia voz se volcó  en un programa largo, difícil y emotivo, decimoquinto de los dedicados anualmente a Kraus en su ciudad y, a la vez, conmemorativo de los 20 años del Auditorio que lleva su nombre.  Todos cantamos el “Cumpleaños feliz” con Camarena y la orquesta. El artista, en feeling absoluto con la sala, proclamó repetidas veces su gratitud al mítico antecesor grancanario dirigiéndose a la audiencia o a sus cuatro hijos, presentes en un palco, de manera especial a Rosa, presidenta de la Fundación Canaria Alfredo Kraus. La cálida afectividad y la simpatía natural del mexicano son memorables; y el canto, tan magistral como en su debut canario del pasado marzo con la 50º Temporada de Opera de Las Palmas.

Pocas veces podremos gozar de un concierto como éste. Camarena no sólo está en el momento glorioso de su voz única: es además un artista que utiliza creativamente el don. Las ocho arias y romanzas del programa, seguidas de dos bises, tumbarían a cualquiera. No a él, que emite con el mismo frescor hasta la última nota. Su timbre y color son muy bellos y versátiles; aligera el peso en el repertorio belcantista (arias de Puritani y Lucia), se adensa en Verdi (Rigoletto y Traviata), frasea de manera idónea el romanticismo decadente (Werther) y vocaliza las esencias de la lírica española (Francisquita, Trust de los tenorios, Gavilanes y Tabernera). Un homenaje al repertorio de Kraus, cuya imagen, caracterizado para cada una de esas obras, presidía el escenario en una gran pantalla. Va de suyo la intensidad con que el canto nos devolvía la técnica y el estilo krausianos.

La voz de Camarena, tan elegante como cálida y llena, reúne la extensión portentosa, el fiato que nunca cesa ni se debilita en magníficas legaturas, armónicos para dar y regalar, puntaturas  en el “do” y el “re” sobreagudos, atacadas sin apoyos, no siempre escritas (los tenores de antes las hacían en falsete, Camarena a voz) y extendidas en calderones de poderosa redondez; fraseo a media voz, filados pianísimo como susurros, largos reguladores del volumen y un impresionante arsenal de matices expresivos. Lejos de alardes circenses, todo es musical, refinado, perfecto. La inspiración artística se sobrepone siempre a los registros físicos de un superdotado cercano, comunicativo y sin pose. Aclamado y braveado en cada página, cantó como propinas “El día que me quieras” y una espectacular “Granada” de su compatriota Agustín Lara.

Dirigida por  Karel Mark Chichon, la Orquesta Filarmónica de Gran Canaria sonó materialmente pegada a la voz, e intercaló brillantemente populares páginas de Rossini, Verdi,Bizet, Chapí y Giménez.

 

Concierto

Javier Camarena, tenor, y la Orquesta Filarmónica de Gran Canaria dirigida por Karel Mark Chichón, en concierto dedicado a Alfredo Kraus y conmemorativo del 20º aniversario del Auditorio.

Programa

Arias de Bellini, Donizetti, Verdi y Massenet; romanzas de Vives, Serrano, y Guerrero; y páginas sinfónicas de Rossini, Verdi, Bizet, Chapí y Giménez

Día y lugar

24 de noviembre de 2017, Auditorio Alfredo Kraus de Las Palmas de GC


KHARITONOV Y EL PODER DE LOS LUGARES COMUNES

G.García-Alcalde

Lugares comunes por su frecuentación, no por su valor (evidentemente). Daniel Kharitonov, pianista ruso de 18 años, fue presentado en las Islas por la Sociedad Filarmónica de Las Palmas. Con un largo programa, conservador y peliagudo, entusiasmó al público. Sus facultades, espectaculares, le llevan al exceso en los parámetros de velocidad y dinámica, pero es artista de los pies a la cabeza. Tiene garra y personalidad. Aunque a veces sería más perfecto con un sedante, la impulsividad juvenil también estimula la escucha cuando se tienen los medios técnicos adecuados. La maduración llega con los años para refinar y equilibrar desmesuras,

Muy expresiva la lectura de la Fantasía en re menor K397  de Mozart, en la dulce melancolía de su primera parte y el encanto optimista de la segunda. De Beethoven, el desafío de las dos sonatas más populares: la 14ª Claro de luna, con austero enfoque del mágico nocturno inicial y mucho vigor en el desenfreno del final; y la 23ª Appassionata, hercúlea y autoritaria en los movimientos extremos. En ambas, los tiempos centrales fraseados con la gentileza doctoral del autor, tan discursiva como expresiva.

Comenzó el bloque de Chopin con una ejecución descoyuntada y vulgar de la primera Balada. Levantó el vuelo con un Nocturno archipopular (OP.9-2 en mi bemol) y el muy elegante y aéreo Primer Impromptu. Estuvo sublime en el inefable Nocturno póstumo en do sostenido menor y grandioso en la Polonesa heróica. Finalmente llegó Liszt, con impecable dicción del archiversionado Sueño de amor y sus filigranas, y con una recuperación expresionista de la tópica Rapsodia húngara núm.2,  sardónica como un alucinante baile de máscaras.

El casi adolescente, muy talentoso y un poco pasado de vueltas pianista ruso premió las ovaciones con la preciosa tercera Consolación de Liszt y una lectura formidable del monumental Estudio en do menor Op.25-12, último de los de Chopin. ¡Qué manera de arpegiar con las dos manos!

 

Concierto

Recital de piano de Daniel Kharitonov para la Sociedad Filarmónica de Las Palmas de GC

Programa

Obras de Mozart, Beethoven, Chopin y Liszt

Día y lugar

14 de noviembre de 2017, Paraninfo de la Universidad


SHLOMO MINTZ, EN PLENÍSIMA FORMA

 

G.García-Alcalde

Espléndido recital de uno de los grandes violinistas de cuna o ascendencia israelita, lanzados por Isaac Stern al estrellato internacional. Después de su presencia de hace años en el Festival de Música de Canarias, Shlomo Mintz, nacido en Moscú y crecido en Israel,  ha vuelto a Las Palmas en plenísima forma, acompañado por un importante pianista holandés, Sander Sittig.  La inspiración luminosa y la calidad melódica de la tercera Sonata de Brahms (op.108 en re menor) obra de plena madurez como todas las escritas en su “decenio de oro”, fue un alarde de elegancia, estilo y fidelidad creativa al texto. El juego fluido, fácil y emotivo de Mintz, con un violín de sonoridad nítida y carnosa a la vez, delineó admirablemente el carácter de los cuatro movimientos, con musicalidad insuperable en el tercero y jubilosos acentos expansivos en el agitato final. Antológico.

Previamente, el duo había bordado el cálido Poema op.25 de Chausson, acentuando su compromiso entre el romanticismo final y el primer impresionismo para sonorizar la espiritualidad meditativa y la sublimación del deseo que crece hasta lìmites casi congestivos en las últimas páginas, sencillamente prodigiosas en la expresión de ambos artistas.

Llegaron finalmente tres obras de Sarasate, el Capricho vasco op.24, la Fantasía Carmen op.25 y la Habanera (esta última como bis) exultantes en su refinado rapsodismo y pasmosas en términos virtuosísticos. Sería prolijo describir los recursos técnicos del compositor en la ornamentación de los temas, porque aparecen –y suenan íntegros en la ejEcución de Mintz-  todos los posibles y en especial los imposibles, con una apariencia de naturalidad que verifica el dominio de un superdotado.

Cito en último lugar la obra de inicio del recital, la Sonata K.454 de Mozart, porque fue una versión apática, desganada y no muy limpia, que nos hizo temer lo peor. Por fortuna, lo que vino después relegó la mala impresión mozartiana al terreno de lo inexplicable.

Muy complacido con las ovaciones del público, tocó finalmente el bis de Sarasate ya citado, y el salonero, encantador Tambourin chinois de Fritz Kreisler.

 

Concierto

Shlomo Mintz, violín, y Sander Sittig, piano, para el Teatro Pérez Galdós y la Sociedad Filarmónica.

Programa

Sonatas de Mozart y Brahms; piezas de Chausson, Sarasate y Kreisler

Día y lugar

9 de noviembre de 2017, Teatro Pérez Galdós

 


Sociedad Filarmónica

VITALY PISARENKO, POCO QUE DECIR

G.García-Alcalde

El pianista ucraniano Vitaly Pisarenko presentó en la Sociedad Filarmónica una propuesta de piezas breves, difícil y lucida pero exenta de una sola obra de gran formato y amplio desarrollo formal. Contra lo que pueda parecer, estos surtidos se hacen tediosos. Con una sola de las cuatro colecciones del programa y un par de sonatas, hubiera dado más completa imagen de su personalidad, porque está en posesión de la llamada técnica trascendental, con sobrado dominio de todos los recursos virtuosísticos. Cuando esta evidencia se hace indudable, con  el inmenso trabajo que requiere, lo siguiente -que en arte es lo definitivo- no aparece: la voz personal, la opción individual sobre los estándares precedentes. Y es ahí donde el pianista, gran ejecutante, no pasa el umbral. Pisarenko es frío y tiene poco que decir.

Comenzó con una lectura muy canónica de las Tres piezas para piano D.946 de Schubert, fraseadas con esmero y expresión distante, sin compromiso con la entraña musical del compositor al final de su vida, que va más allá de la perfección de la forma. Por el contrario, las diez Piezas op.12 de Prokofiev son chispeantes, caprichosas en su imaginario y coloreadas en las agradables disonancias y los ritmos bien delineados de la juventud del autor. Su carácter heterogéneo y sus brillantes novedades manuales brillaron en la lectura de Pisarenko, sin dejar de ser un bloque demasiado largo para tan ligera estructura.

En las cinco Piezas de fantasía op.3 de Rachmaninov, otro cuaderno juvenil impregnado de decadentismo tardorromántico, sonaron muy agradablemente las melodías de los números impares, sin otros contenidos dignos de mención. Y el chisporroteo a veces lleno de talento y otras meramente decorativo del piano menos ambicioso de Liszt (el de las Rapsodias húngaras), puso fin a un recital de veintidós piezas diferentes. Demasiadas para valorar la poética de un ejecutante espectacular.

 

Concierto

Vitaly Pisarenko, pianista, para la Sociedad Filarmónica de Las Palmas

Programa

Piezas breves d Schibert, Prokofiev, Rachmaninov y Liszt

Fecha y kugar

24 de otube de 2017, Teatro Pérez Galdós


Notas al programa:

 

JÓVENES MANOS, VIRTUOSISMO AL PIANO.

La idea, equivocada o no, que tenemos de un virtuoso del piano es la de un joven intérprete con una melena, dedos largos y un ímpetu apasionado sobre las teclas. Esa idea nos viene revelada de la mano de Liszt y Chopin, baluartes inextinguibles del romanticismo y por supuesto, de la creación pianística. Pero el virtuosismo no siempre tiene que expresarse en desmelenamiento sobre el piano. Obras sutiles, sin malabarismos, incluso obras contenidas y serenas también pueden reflejar un control que sólo un virtuoso puede realizar. Y voy más lejos. En un mundo de clichés y prototipos, el virtuoso del piano puede ya ser un octogenario. Liszt, también fue un ejemplo de esto último, llegando a una avanzada edad sin perder el fuego sagrado de la música en sus manos.

Tres de los cuatro compositores que se escucharán en esta velada vivieron de sus interpretaciones y fueron grandes virtuosos. Schubert queda exento. Él fue un tímido creador de pequeñas y grandes piezas para piano que, por su carácter, prefirió compartirlas entre amigos en las famosas veladas poético-musicales llamadas ‘schubertiadas’.

Rachmaninov nació a destiempo, eso dicen. Admirador sanguíneo de Tchaikovsky, ignora deliberadamente las aportaciones de los compositores de su tiempo. Intérprete fabuloso, pianista serio, virtuoso, vivió y se consagró en y por el piano. Su alejamiento de Rusia en 1917, a la que jamás retornaría, marcó su melancolía y esa serena tristeza que reflejan muchas de sus obras.
‘Morceaux de fantasie’, en cambio, es una obra de su primera época. De 1892. El título refleja más la imaginación de su autor que la forma musical, porque ninguna de las cinco piezas es una fantasía en sí. La ‘Elegía’ marca un tiempo moderado y sirve de introducción, el ‘Preludio’ es la más conocida de las cinco, un corto adagio es ‘Melodía’ y un allegro vivace, ‘Polichinela’. Concluye con una ‘Serenata’ que une principio con fin.

Prokofiev empezó a tocar el piano a los seis años, a los nueve componía óperas. Se empapó de toda la música que llegaba a sus oídos. De Bach a Schoenberg, pasando por Beethoven, Wagner, Strauss o Debussy. Aunque decidió ser compositor, sus dotes pianísticas le permitieron llevar una carrera de virtuoso durante muchos años por todo el mundo y que empezó en 1914 tras ganar el premio Rubinstein, convirtiéndose en uno de los intérpretes más destacados del momento.
Su pianismo ‘concreto’ y hasta metálico se encontraba absolutamente opuesto a la tradición de Chopin y por tanto en las antípodas a Rachmaninov. Poulenc lo definió como ‘staccato sobre el filo del piano’.
Su fama de ‘enfant terrible’ iba unida a su carácter mordaz, irónico, duro en muchos aspectos. Empleaba, por ejemplo, para casi todo la palabra ‘divertido’ con la que respondía, afirmaba, concluía o se reía. Hagan la prueba y verán lo desagradable que puede llegar a ser para los demás.
Las diez piezas breves del Op. 12 sugieren, en su mayor parte, un creador menos agresivo. También revelan por primera vez el amor de Prokofiev por las formas de danza. De las diez, cuatro son danzas (Gavota, Rigodon, Alemana y Mazurca), y una es una Marcha. De ellas, sólo la grotescamente torpe ‘Alemana’ se burla de la forma, las otras son de tono asombrosamente afectuoso y cortés. Pero todas ostentan el fuerte sello de un compositor moderno. La notable ‘Mazurca’, por ejemplo, está escrita completamente en cuartas abiertas en ambas manos. Las otras cinco son ‘Preludio’, ‘Leyenda’ y ‘Capricho’ y, para completar el ciclo, Scherzo Humorístico’ y ‘Scherzo’. Como curiosidad, añadir que Prokofiev escribió otras dos versiones del ‘Scherzo Humorístico’, una para un cuarteto de fagot y otra para voz y orquesta. Las diez piezas fueron compuestas a lo largo de seis años, a partir de 1906. Revisadas en 1913 y estrenadas el 23 de enero de 1914.

Schoenberg decía de sí mismo que era tan sólo ‘un pequeño revolucionario comparado con Schubert’. No andaba descaminado el hombre. Sus últimas composiciones son visionarias. En lo armónico es extraordinariamente moderno, llegando a modular de modo tan asombroso como audaz, y siempre respondiendo a un profundo anhelo de expresión subjetiva.
De las últimas páginas al piano que Schubert nos legó, están estás tres piezas compuestas en 1828 que vinieron a publicarse en 1868. Son muy interesantes por su cercanía con los ‘Impromptus’. La del centro nos canta ‘all’italiana’, una cavatina veneciana con dos tríos. La primera, pieza ‘allá francese’ como muestra su sección central, es una romanza al estilo de Kreutzer o Rode. La tercera, con una coda ruidosa, es una pieza ‘all’angarese’.
Esa fascinación ingenua ante la belleza del paraíso recuperado, este gozo inocente en una luminosidad irreal esta suave sensualidad, son el equivalente a ciertas melodías de Schubert tan dulces que hasta un niño podría haberlas inventado, tan exquisitas en su aparente simplicidad y tan definitivas que no se podría cambiar un sólo ritmo, una sola nota.

Liszt fue y será el paradigma del virtuosismo. Uno de los creadores del club de fans. Desarrolló un estilo eminentemente romántico y virtuosístico que ponía a prueba sus propias capacidades interpretativas, pero con el tiempo fue madurando un lenguaje personal que no sólo en el piano explotaba al máximo las posibilidades del instrumento sino incluso la esencia del lenguaje musical, llegando a los confines de la tonalidad y anticipando logros posteriores ( algunos tan inmediatos como el cromatismo wagneriano, imposible de imaginar sin su aportación ) que llegan hasta la escritura atonal de Schoenberg, el ritmo como elemento fundamental de Bartok y Stravinsky, y el impresionismo de Debussy.
En verano de 1846 volvió Liszt a su país natal. Hungría lo recibió como ‘el más grande de los húngaros’. La emocionada acogida y la dicha de volver a ver los lugares de su infancia reanimaron en él un sentimiento patriótico. Sentía, desde niño, admiración por el arte popular de los bohemios que le lleva a confundirlo con el folclore magiar. Pero lo que Liszt considera típicamente húngaro no es en realidad más que gitano, si se quiere, producto de la recíproca influencia del genio húngaro y el alma gitana.
Imaginamos la facilidad con que el gran virtuoso produciría, uno tras otro, los fuegos artificiales de sus veinte ‘Rapsodias’ escalonadas entre 1847 y 1885, aun cuando la mayor parte fueran escritas o esbozadas antes de 1854. Todas se basan en el tradicional contraste entre las danzas ‘Lassan’ de gravedad un poco melancólica y el frenético ardor de las danzas ‘Friska’. El címbalo y el violín son evocados magistralmente por efectos en el piano. Sin renegar de ellas, Liszt no las consideró más que unas postales musicales de un sentimiento y agradecimiento.
Sin embargo, tanto el ‘Preludio’ como el ‘Andante’ reflejan la grandeza de Liszt y une así al joven virtuoso con el sereno anciano visionario.
La extrema riqueza de su vocabulario armónico, le señala como el más temerario explorador del mundo sonoro de que pueden enorgullecerse las conquistas del siglo XX y XXI en la Música.

SEBASTIÁN.


FESTIVAL MÚSICA ANTIQVA 2017

  Ensemble Atlantiqva  8 de octubre (domingo) TEATRO PÉREZ GALDÓS / 12:30h. “Universo barroco” Solista y Director: Hiro Kurosaki (violín) “Speculum” 13 de octubre (viernes) TEATRO PÉREZ GALDÓS / 20:00h. Ernesto Schmied (director) Orquesta Barroca Tenerife Antigua 15 de octubre […]


I Festival Internacional de Piano

LOS MUNDOS CREADOS POR GABRIELA MONTERO

 

G.García-Alcalde (PERIÓDICO LA PROVINCIA)

Con la colaboración de la Sociedad Filarmonica de Las Palmas, que clausuraba su temporada 2016/17, el Festival del Auditorio “El mundo en un piano”, ofreció una segunda sesiòn a solo de la pianista venezolana Gabriela Montero. Esta artista singular hizo una primera parte con obras del Romanticismo alemán y dedicò la segunda a cinco improvisaciones sobre temas pedidos por el público, además de una sexta a manera de bis. Esta creatividad insólita de la eminente intérprete deja aquí huella profunda. Es preceptiva una gran cultura de la forma, de los procesos modulatorios y de los desarrollos motívicos para construir sin merodeos divagatorios unas piezas que podrían ser editadas tal como salen de su envidiable saber e imaginación.

Empezó por la primera frase del Himno de Canarias, en una tanda de variaciones de bravura muy lejanas del clima del arrorró, del que no fue advertida y por ello mismo nos descubrió las potencialidades heróicas de la tierna nana tradicional. El “Himno a la alegría” de la Novena Sinfonía de Beethoven fue la seguna petición, inesperadamente trasplantada a la estética de Rachmaninov en estructuras armónicas y en despliegues del grafismo manual.  Del joropo “Alma llanera” hizo un vals animado y decadente, con la elegancia estilística de los compositores saloneros de finales del siglo XIX y principios del XX. La canciòn Ansiedad le inspiró un valiente poema españolista, entre Albéniz y Turina. Del tema de la Polonesa heróica de Chopin quisó hacer un canto a Venezuela “para no ponernos tristes”. No lo consiguió. Casi toda la improvisación fue en modo menor, maravillosamente armonizada pero melancólica. Fascinado, el pùblico no quería dejarla marchar. La pianista correspondiò con una delicada improvisación a modo de nocturno.

Esta fiesta de fantasía y ecumenismo estilístico habia sido precedida por los cuatro Impromptus op.90 de Schubert. Densamente melancólico el primero, afirmativo y aéreo el segudo, rasgado y arpístico el tercero y delicioso el cuarto en los arpegios sobre las teclas negras. En el Carnaval op.9 de Schumann, lució una rica imagionación en todos los cuadros de carácter, hasta el contundente final de la Marcha de los Davidsbundler. Que vuelva pronto esta grandísima artista.

 

Concierto

Gabriela Montero, pianista, para el Auditorio y la Sociedad Filarmónica de LPGC

Proghrama

Obras de Schubert y Schumann, y seis improvisaciones de la intérprete

Dìa y lugar

10 de junio de 2017, Auditorio Alfredo Kraus