Críticas


KHARITONOV Y EL PODER DE LOS LUGARES COMUNES

G.García-Alcalde

Lugares comunes por su frecuentación, no por su valor (evidentemente). Daniel Kharitonov, pianista ruso de 18 años, fue presentado en las Islas por la Sociedad Filarmónica de Las Palmas. Con un largo programa, conservador y peliagudo, entusiasmó al público. Sus facultades, espectaculares, le llevan al exceso en los parámetros de velocidad y dinámica, pero es artista de los pies a la cabeza. Tiene garra y personalidad. Aunque a veces sería más perfecto con un sedante, la impulsividad juvenil también estimula la escucha cuando se tienen los medios técnicos adecuados. La maduración llega con los años para refinar y equilibrar desmesuras,

Muy expresiva la lectura de la Fantasía en re menor K397  de Mozart, en la dulce melancolía de su primera parte y el encanto optimista de la segunda. De Beethoven, el desafío de las dos sonatas más populares: la 14ª Claro de luna, con austero enfoque del mágico nocturno inicial y mucho vigor en el desenfreno del final; y la 23ª Appassionata, hercúlea y autoritaria en los movimientos extremos. En ambas, los tiempos centrales fraseados con la gentileza doctoral del autor, tan discursiva como expresiva.

Comenzó el bloque de Chopin con una ejecución descoyuntada y vulgar de la primera Balada. Levantó el vuelo con un Nocturno archipopular (OP.9-2 en mi bemol) y el muy elegante y aéreo Primer Impromptu. Estuvo sublime en el inefable Nocturno póstumo en do sostenido menor y grandioso en la Polonesa heróica. Finalmente llegó Liszt, con impecable dicción del archiversionado Sueño de amor y sus filigranas, y con una recuperación expresionista de la tópica Rapsodia húngara núm.2,  sardónica como un alucinante baile de máscaras.

El casi adolescente, muy talentoso y un poco pasado de vueltas pianista ruso premió las ovaciones con la preciosa tercera Consolación de Liszt y una lectura formidable del monumental Estudio en do menor Op.25-12, último de los de Chopin. ¡Qué manera de arpegiar con las dos manos!

 

Concierto

Recital de piano de Daniel Kharitonov para la Sociedad Filarmónica de Las Palmas de GC

Programa

Obras de Mozart, Beethoven, Chopin y Liszt

Día y lugar

14 de noviembre de 2017, Paraninfo de la Universidad


SHLOMO MINTZ, EN PLENÍSIMA FORMA

 

G.García-Alcalde

Espléndido recital de uno de los grandes violinistas de cuna o ascendencia israelita, lanzados por Isaac Stern al estrellato internacional. Después de su presencia de hace años en el Festival de Música de Canarias, Shlomo Mintz, nacido en Moscú y crecido en Israel,  ha vuelto a Las Palmas en plenísima forma, acompañado por un importante pianista holandés, Sander Sittig.  La inspiración luminosa y la calidad melódica de la tercera Sonata de Brahms (op.108 en re menor) obra de plena madurez como todas las escritas en su “decenio de oro”, fue un alarde de elegancia, estilo y fidelidad creativa al texto. El juego fluido, fácil y emotivo de Mintz, con un violín de sonoridad nítida y carnosa a la vez, delineó admirablemente el carácter de los cuatro movimientos, con musicalidad insuperable en el tercero y jubilosos acentos expansivos en el agitato final. Antológico.

Previamente, el duo había bordado el cálido Poema op.25 de Chausson, acentuando su compromiso entre el romanticismo final y el primer impresionismo para sonorizar la espiritualidad meditativa y la sublimación del deseo que crece hasta lìmites casi congestivos en las últimas páginas, sencillamente prodigiosas en la expresión de ambos artistas.

Llegaron finalmente tres obras de Sarasate, el Capricho vasco op.24, la Fantasía Carmen op.25 y la Habanera (esta última como bis) exultantes en su refinado rapsodismo y pasmosas en términos virtuosísticos. Sería prolijo describir los recursos técnicos del compositor en la ornamentación de los temas, porque aparecen –y suenan íntegros en la ejEcución de Mintz-  todos los posibles y en especial los imposibles, con una apariencia de naturalidad que verifica el dominio de un superdotado.

Cito en último lugar la obra de inicio del recital, la Sonata K.454 de Mozart, porque fue una versión apática, desganada y no muy limpia, que nos hizo temer lo peor. Por fortuna, lo que vino después relegó la mala impresión mozartiana al terreno de lo inexplicable.

Muy complacido con las ovaciones del público, tocó finalmente el bis de Sarasate ya citado, y el salonero, encantador Tambourin chinois de Fritz Kreisler.

 

Concierto

Shlomo Mintz, violín, y Sander Sittig, piano, para el Teatro Pérez Galdós y la Sociedad Filarmónica.

Programa

Sonatas de Mozart y Brahms; piezas de Chausson, Sarasate y Kreisler

Día y lugar

9 de noviembre de 2017, Teatro Pérez Galdós

 


Sociedad Filarmónica

VITALY PISARENKO, POCO QUE DECIR

G.García-Alcalde

El pianista ucraniano Vitaly Pisarenko presentó en la Sociedad Filarmónica una propuesta de piezas breves, difícil y lucida pero exenta de una sola obra de gran formato y amplio desarrollo formal. Contra lo que pueda parecer, estos surtidos se hacen tediosos. Con una sola de las cuatro colecciones del programa y un par de sonatas, hubiera dado más completa imagen de su personalidad, porque está en posesión de la llamada técnica trascendental, con sobrado dominio de todos los recursos virtuosísticos. Cuando esta evidencia se hace indudable, con  el inmenso trabajo que requiere, lo siguiente -que en arte es lo definitivo- no aparece: la voz personal, la opción individual sobre los estándares precedentes. Y es ahí donde el pianista, gran ejecutante, no pasa el umbral. Pisarenko es frío y tiene poco que decir.

Comenzó con una lectura muy canónica de las Tres piezas para piano D.946 de Schubert, fraseadas con esmero y expresión distante, sin compromiso con la entraña musical del compositor al final de su vida, que va más allá de la perfección de la forma. Por el contrario, las diez Piezas op.12 de Prokofiev son chispeantes, caprichosas en su imaginario y coloreadas en las agradables disonancias y los ritmos bien delineados de la juventud del autor. Su carácter heterogéneo y sus brillantes novedades manuales brillaron en la lectura de Pisarenko, sin dejar de ser un bloque demasiado largo para tan ligera estructura.

En las cinco Piezas de fantasía op.3 de Rachmaninov, otro cuaderno juvenil impregnado de decadentismo tardorromántico, sonaron muy agradablemente las melodías de los números impares, sin otros contenidos dignos de mención. Y el chisporroteo a veces lleno de talento y otras meramente decorativo del piano menos ambicioso de Liszt (el de las Rapsodias húngaras), puso fin a un recital de veintidós piezas diferentes. Demasiadas para valorar la poética de un ejecutante espectacular.

 

Concierto

Vitaly Pisarenko, pianista, para la Sociedad Filarmónica de Las Palmas

Programa

Piezas breves d Schibert, Prokofiev, Rachmaninov y Liszt

Fecha y kugar

24 de otube de 2017, Teatro Pérez Galdós


Notas al programa:

 

JÓVENES MANOS, VIRTUOSISMO AL PIANO.

La idea, equivocada o no, que tenemos de un virtuoso del piano es la de un joven intérprete con una melena, dedos largos y un ímpetu apasionado sobre las teclas. Esa idea nos viene revelada de la mano de Liszt y Chopin, baluartes inextinguibles del romanticismo y por supuesto, de la creación pianística. Pero el virtuosismo no siempre tiene que expresarse en desmelenamiento sobre el piano. Obras sutiles, sin malabarismos, incluso obras contenidas y serenas también pueden reflejar un control que sólo un virtuoso puede realizar. Y voy más lejos. En un mundo de clichés y prototipos, el virtuoso del piano puede ya ser un octogenario. Liszt, también fue un ejemplo de esto último, llegando a una avanzada edad sin perder el fuego sagrado de la música en sus manos.

Tres de los cuatro compositores que se escucharán en esta velada vivieron de sus interpretaciones y fueron grandes virtuosos. Schubert queda exento. Él fue un tímido creador de pequeñas y grandes piezas para piano que, por su carácter, prefirió compartirlas entre amigos en las famosas veladas poético-musicales llamadas ‘schubertiadas’.

Rachmaninov nació a destiempo, eso dicen. Admirador sanguíneo de Tchaikovsky, ignora deliberadamente las aportaciones de los compositores de su tiempo. Intérprete fabuloso, pianista serio, virtuoso, vivió y se consagró en y por el piano. Su alejamiento de Rusia en 1917, a la que jamás retornaría, marcó su melancolía y esa serena tristeza que reflejan muchas de sus obras.
‘Morceaux de fantasie’, en cambio, es una obra de su primera época. De 1892. El título refleja más la imaginación de su autor que la forma musical, porque ninguna de las cinco piezas es una fantasía en sí. La ‘Elegía’ marca un tiempo moderado y sirve de introducción, el ‘Preludio’ es la más conocida de las cinco, un corto adagio es ‘Melodía’ y un allegro vivace, ‘Polichinela’. Concluye con una ‘Serenata’ que une principio con fin.

Prokofiev empezó a tocar el piano a los seis años, a los nueve componía óperas. Se empapó de toda la música que llegaba a sus oídos. De Bach a Schoenberg, pasando por Beethoven, Wagner, Strauss o Debussy. Aunque decidió ser compositor, sus dotes pianísticas le permitieron llevar una carrera de virtuoso durante muchos años por todo el mundo y que empezó en 1914 tras ganar el premio Rubinstein, convirtiéndose en uno de los intérpretes más destacados del momento.
Su pianismo ‘concreto’ y hasta metálico se encontraba absolutamente opuesto a la tradición de Chopin y por tanto en las antípodas a Rachmaninov. Poulenc lo definió como ‘staccato sobre el filo del piano’.
Su fama de ‘enfant terrible’ iba unida a su carácter mordaz, irónico, duro en muchos aspectos. Empleaba, por ejemplo, para casi todo la palabra ‘divertido’ con la que respondía, afirmaba, concluía o se reía. Hagan la prueba y verán lo desagradable que puede llegar a ser para los demás.
Las diez piezas breves del Op. 12 sugieren, en su mayor parte, un creador menos agresivo. También revelan por primera vez el amor de Prokofiev por las formas de danza. De las diez, cuatro son danzas (Gavota, Rigodon, Alemana y Mazurca), y una es una Marcha. De ellas, sólo la grotescamente torpe ‘Alemana’ se burla de la forma, las otras son de tono asombrosamente afectuoso y cortés. Pero todas ostentan el fuerte sello de un compositor moderno. La notable ‘Mazurca’, por ejemplo, está escrita completamente en cuartas abiertas en ambas manos. Las otras cinco son ‘Preludio’, ‘Leyenda’ y ‘Capricho’ y, para completar el ciclo, Scherzo Humorístico’ y ‘Scherzo’. Como curiosidad, añadir que Prokofiev escribió otras dos versiones del ‘Scherzo Humorístico’, una para un cuarteto de fagot y otra para voz y orquesta. Las diez piezas fueron compuestas a lo largo de seis años, a partir de 1906. Revisadas en 1913 y estrenadas el 23 de enero de 1914.

Schoenberg decía de sí mismo que era tan sólo ‘un pequeño revolucionario comparado con Schubert’. No andaba descaminado el hombre. Sus últimas composiciones son visionarias. En lo armónico es extraordinariamente moderno, llegando a modular de modo tan asombroso como audaz, y siempre respondiendo a un profundo anhelo de expresión subjetiva.
De las últimas páginas al piano que Schubert nos legó, están estás tres piezas compuestas en 1828 que vinieron a publicarse en 1868. Son muy interesantes por su cercanía con los ‘Impromptus’. La del centro nos canta ‘all’italiana’, una cavatina veneciana con dos tríos. La primera, pieza ‘allá francese’ como muestra su sección central, es una romanza al estilo de Kreutzer o Rode. La tercera, con una coda ruidosa, es una pieza ‘all’angarese’.
Esa fascinación ingenua ante la belleza del paraíso recuperado, este gozo inocente en una luminosidad irreal esta suave sensualidad, son el equivalente a ciertas melodías de Schubert tan dulces que hasta un niño podría haberlas inventado, tan exquisitas en su aparente simplicidad y tan definitivas que no se podría cambiar un sólo ritmo, una sola nota.

Liszt fue y será el paradigma del virtuosismo. Uno de los creadores del club de fans. Desarrolló un estilo eminentemente romántico y virtuosístico que ponía a prueba sus propias capacidades interpretativas, pero con el tiempo fue madurando un lenguaje personal que no sólo en el piano explotaba al máximo las posibilidades del instrumento sino incluso la esencia del lenguaje musical, llegando a los confines de la tonalidad y anticipando logros posteriores ( algunos tan inmediatos como el cromatismo wagneriano, imposible de imaginar sin su aportación ) que llegan hasta la escritura atonal de Schoenberg, el ritmo como elemento fundamental de Bartok y Stravinsky, y el impresionismo de Debussy.
En verano de 1846 volvió Liszt a su país natal. Hungría lo recibió como ‘el más grande de los húngaros’. La emocionada acogida y la dicha de volver a ver los lugares de su infancia reanimaron en él un sentimiento patriótico. Sentía, desde niño, admiración por el arte popular de los bohemios que le lleva a confundirlo con el folclore magiar. Pero lo que Liszt considera típicamente húngaro no es en realidad más que gitano, si se quiere, producto de la recíproca influencia del genio húngaro y el alma gitana.
Imaginamos la facilidad con que el gran virtuoso produciría, uno tras otro, los fuegos artificiales de sus veinte ‘Rapsodias’ escalonadas entre 1847 y 1885, aun cuando la mayor parte fueran escritas o esbozadas antes de 1854. Todas se basan en el tradicional contraste entre las danzas ‘Lassan’ de gravedad un poco melancólica y el frenético ardor de las danzas ‘Friska’. El címbalo y el violín son evocados magistralmente por efectos en el piano. Sin renegar de ellas, Liszt no las consideró más que unas postales musicales de un sentimiento y agradecimiento.
Sin embargo, tanto el ‘Preludio’ como el ‘Andante’ reflejan la grandeza de Liszt y une así al joven virtuoso con el sereno anciano visionario.
La extrema riqueza de su vocabulario armónico, le señala como el más temerario explorador del mundo sonoro de que pueden enorgullecerse las conquistas del siglo XX y XXI en la Música.

SEBASTIÁN.


I Festival Internacional de Piano

LOS MUNDOS CREADOS POR GABRIELA MONTERO

 

G.García-Alcalde (PERIÓDICO LA PROVINCIA)

Con la colaboración de la Sociedad Filarmonica de Las Palmas, que clausuraba su temporada 2016/17, el Festival del Auditorio “El mundo en un piano”, ofreció una segunda sesiòn a solo de la pianista venezolana Gabriela Montero. Esta artista singular hizo una primera parte con obras del Romanticismo alemán y dedicò la segunda a cinco improvisaciones sobre temas pedidos por el público, además de una sexta a manera de bis. Esta creatividad insólita de la eminente intérprete deja aquí huella profunda. Es preceptiva una gran cultura de la forma, de los procesos modulatorios y de los desarrollos motívicos para construir sin merodeos divagatorios unas piezas que podrían ser editadas tal como salen de su envidiable saber e imaginación.

Empezó por la primera frase del Himno de Canarias, en una tanda de variaciones de bravura muy lejanas del clima del arrorró, del que no fue advertida y por ello mismo nos descubrió las potencialidades heróicas de la tierna nana tradicional. El “Himno a la alegría” de la Novena Sinfonía de Beethoven fue la seguna petición, inesperadamente trasplantada a la estética de Rachmaninov en estructuras armónicas y en despliegues del grafismo manual.  Del joropo “Alma llanera” hizo un vals animado y decadente, con la elegancia estilística de los compositores saloneros de finales del siglo XIX y principios del XX. La canciòn Ansiedad le inspiró un valiente poema españolista, entre Albéniz y Turina. Del tema de la Polonesa heróica de Chopin quisó hacer un canto a Venezuela “para no ponernos tristes”. No lo consiguió. Casi toda la improvisación fue en modo menor, maravillosamente armonizada pero melancólica. Fascinado, el pùblico no quería dejarla marchar. La pianista correspondiò con una delicada improvisación a modo de nocturno.

Esta fiesta de fantasía y ecumenismo estilístico habia sido precedida por los cuatro Impromptus op.90 de Schubert. Densamente melancólico el primero, afirmativo y aéreo el segudo, rasgado y arpístico el tercero y delicioso el cuarto en los arpegios sobre las teclas negras. En el Carnaval op.9 de Schumann, lució una rica imagionación en todos los cuadros de carácter, hasta el contundente final de la Marcha de los Davidsbundler. Que vuelva pronto esta grandísima artista.

 

Concierto

Gabriela Montero, pianista, para el Auditorio y la Sociedad Filarmónica de LPGC

Proghrama

Obras de Schubert y Schumann, y seis improvisaciones de la intérprete

Dìa y lugar

10 de junio de 2017, Auditorio Alfredo Kraus


Sociedad Filarmónica

 LOS VLACH, EN LA ENTRAÑA DEL CUARTETISMO

G.García-Alcalde (PERIÓDICO LA PROVINCIA)

Quienes crean que para tocar un cuarteto de cuerda basta la conjunción ocasional de los cuatro instrumentistas, tendrían que meditar sobre los miles de horas de trabajo estable que signan la cohesión, la transversalidad de reflejos y reacciones, la precisión de los planos sonoros y el equilibrio expresivo de los verdaderos intérpretes del género. En resumen, los valores desplegados por el Cuarteto Vlach de Praga. Con el segundo en la mayor del vasco Juan Crisóstomo Arriaga (que tan solo vivió 20 años, a principios del XIX) dieron erguida imagen de la personalidad de un clasicista tardío y precozmente magistral. Cada uno de los cuatro movimientos, y sobre todo las variaciones del segundo, fue un canon de estilo, gracia y rigor.

El salto a 1966, con el número 11en fa menor Op.122, de Shostakovich, describe una intimidad en los antipodas. Como poema de siete estrofas sin solución de continuuidad, encuentra en los acentos sombríos, el ambiente fùnebre del adagio y la desolación del moderato final la atmosfera crítica y melancólica de uno de los genios del siglo XX. En la frontera de la atonalidad y en la disonancia no dodecafónica, incidieron los extraordinarios intérpretes para reflejar un universo de extrema decantación solìstica y de conjunto. La belleza del sonido y el clima introspectivo del discurso fueron testimonio de una época que sumaba dos grandes guerras, el holocausto y la persecución censora de la tiranía soviética. Conmovedora lectura.

Vuelta atrás, a 1894, con el Cuarteto americano en fa de Dvorak, número 12 op.96 de su colección, iluminado por el brillo del optimismo y el original tratamiento de motivos inspirados por la naturaleza y el folclor de los Estados Unidos (incluido el jazz y los cantos espirituales que también llevaron a subtitular la obra como Cuarteto negro). La belleza de los cuatro instrumentos, tañidos con el diferenciado carácter de las cuerdas bohemias, y la espléndida musicalidad del conjunto, ganaron un éxito grande, cálidos aplausos y regalo de un popular scherzo del compositor.

Los presidentes que la Filarmónica ha tenido esta temporada, Pilar Roca y el actual Pedro Schlueter, salieron a escena para agradecer la lealtad del público, recordar la ya próxima celebración de los 175 años de la Sociedd (2020) y agradcer una distinción del Conservatorio Profesional de Música de Las Palmas.

Concierto

Cuarteto Vlach de Praga, para la Sociedad Filarmónica de Las Palmas de GC.

Programa

Cuartetos de Arriaga, Shostakovich y Dvorak

Día y lugar

24 de mayo de 2017

 


NOTAS AL PROGRAMA.

El cuarteto de cuerda es, sin duda alguna, el género de cámara por excelencia. Desde que surgiera en plena época del clasicismo no ha parado su expansión hasta nuestros días, convirtiéndose en reto casi obligado para cualquier compositor y piedra de toque imprescindible para el intérprete.  La capacidad de esta exquisita combinación instrumental para condensar y combinar ideas, timbres, tensiones y formas hace que tenga un hueco de honor en todas las temporadas de conciertos.

Si hablamos de Juan Crisóstomo Arriaga, sobran referencias a la obra de un genio desaparecido prematuramente dejando un catálogo escaso pero interesante desde todo punto de vista. Sus tres cuartetos, compuestos en Paris en 1823, son un claro ejemplo de ello. Considerados como primeras composiciones del género, podrían significar el augurio de una importantísima obra posterior, pero si los consideramos como la obra madura de un autor que apenas les sobreviviría, son una muestra perfecta del conocimiento y saber hacer de un compositor de su tiempo.

El segundo de los cuartetos se inicia con un Allegro con brio de talante desenvuelto que posee todos los ingredientes propios de un compositor con talento e ingenio. El segundo movimiento desarrolla unas fluidas variaciones entre las que destaca sin duda la pequeña variación en pizzicato. El Minueto, cuyo carácter de scherzo aparece explícito en la indicación del tempo, encuentra un acertadísimo descanso en el tratamiento del Trío central. El último movimiento se inicia con una sección pausada e insinuante a la que sigue  un Allegro desenfadado. De estructura un tanto inusual entre la forma sonata y el rondó, parece una declaración de intenciones por parte del compositor por explorar nuevas combinaciones formales.

En los 36 años que separan la composición de sus 15 cuartetos, Dmitri Shostakovich aborda una las más bellas, emotivas  e interesantes series de todo el siglo XX. Una colección de gran capacidad comunicativa capaz de crear un universo expresivo sólido que se ha ganado un puesto entre el repertorio habitual.

De entre ellos destaca por su singularidad el cuarteto número 11 en fa menor, compuesto en 1966.

Siete movimientos que se interpretan sin interrupción conforman esta obra de la que poco se suele hablar. Dedicada a la memoria de un querido amigo y admirado intérprete, el tono escogido es sin lugar a dudas elegíaco, y se desarrolla bajo una atmosfera un tanto irreal. Sorprende asimismo la indudable simplicidad melódica en una obra que sin embargo transmite una profunda expresividad.

Escrito en 1893 durante un periodo muy corto de tiempo en un pequeño pueblo de inmigrantes checos en el estado de Iowa, el cuarteto “Americano” es junto a la Sinfonía del “Nuevo Mundo” una de las obras más reconocidas de Antonín Dvorak, compartiendo ambas  no solo el sobrenombre sino varias similitudes estilísticas.

Muchos encuentran en este cuarteto citas e influencias de la música negra espiritual así como elementos rítmicos de la música india americana. Otros dudan de que el cuarteto haya encontrado su mayor inspiración  a partir de los sonidos que el compositor escuchó en América y sostienen más bien que se basa en ciertas similitudes melódicas y rítmicas en las que coinciden tanto la tradición checa como la música negra americana. Esta diferencia de opinión realmente importa poco a la luz de la enorme popularidad y atractivo universal del cuarteto.

El inconfundible primer movimiento parece insinuar al cuarteto “De mi vida” de Smetana, del que surge la viola enunciando la primera idea melódica basada, al igual que otras muchas durante el cuarteto, en la escala pentatónica característica mara de Dvorak posee el lirismo emocional de un ariauerdan casi gama pentatdmirado intñerprete el tono es sin lugar a dudas elegde numerosas tradiciones folclóricas alrededor del mundo.

En lo que si hay amplio consenso es en la consideración del movimiento Lento de este cuarteto como la culminación del lirismo de Dvorak, auténtica obra maestra de escritura y capacidad melódica que se ha convertido en una joya de la literatura camerística de todos los tiempos.

 R. Talavera Gil

 


Organo en concierto

LA DIVERSIDAD DE LOS LENGUAJES BARROCOS

G.García-Alcalde (PERÓDICO LA PROVINCIA)

El holandés León Berbén volvió al ciclo organístico del Auditorio con un programa de cinco autores alemanes de los siglos XVII y XVIII, más otro de su misma nacionalidad, el gran Sweelinck, que es el más antiguo de todos (1562-1621). Tres de los alemanes, prácticamente desconocidos, dieron a la sesión  un cierto interés musicológico.

Comenzó Berbén con el excelso maestro, Dietrich Buxtehude, que atrajo poderosamete a Bach. Las largas caminatas dominicales del adolescente Juan Sebatián desde su ciudad a la vecina, para escuchar los oficios litúrgicos del predecesor, estaban justificadas. El suntuoso y bien conocido Preludio en sol menor de Buxtehude es puro esplendor en la riqueza de sus motivos y variaciones, tras la entrada mayestática con siete notas de pedalero. Poco después, su Tedeum daba medida, en las combinaciones de teclados y pedales, del magistral lenguaje organìstico alemán cuando Bach andaba por los 14 o 15 años.

Más antiguas, las preciosas peroraciones de Sweelinck, ricamente ornamentdas en su Oh, Dios, nuestro padre, proclamaban el nivel de complejidad formal y desarrollo tímbrico del organismo precursor de los Paises Bajos. Los menos conocidos J.M.Radeck con una Chacona y Johann Caspar Kerll con una Pasacalle, lúcían la fantasía de la variaciòn sobre los “ostinati” de ambos géneros. Y Melchior Schildt exprimía en sus Lágrimas paduanas la ternura melódica de los registros delicados y cantables.

Final obligado con Bach, el genio que lleva a la cima todas las experiencias antecesoras y agota el modelo fomal. Su portentoso Preludio y fuga en do menorBWV 546, explayó los recursos de la imaginación poderosa en el punto cimero de la técnica del contrapunto.

Leon Berbén, muy respetable experto en el organo cinco, seis y sietecentista, no  consiguió el nivel de digitación de su pasada visita, embarullando al principio el articulado discurso de la polifònía. Fue de menos a más y arrancó al final una larga ovaciòn querenciosa de bis (no concedido).

CONCIERTO   

León Berben, organista, para el Auditorio y la Sociedad Filarmónica de LPGC

PROGRAMA

Buxtehude, Schildt, Sweelinck, Radeck, Kerll y J.S.Bach

DIA Y LUGAR 

21 de mayo de 2017, Auditorio A.Kraus de LPGC 

 


MANUEL GÓMEZ E IGNACIO CLEMENTE, CONSUMADOS LIEDERISTAS  

Recital de Canto

G.García-Alcalde (PERIÓDICO LA PROVINCIA)

Así es el lied: intimidad, moderación vocal y expresiva, acentos y matices plurales, color, armónicos en la emisión, inteligencia de la modulación oral en las vocales y las consonantes del texto poético, correlato intencional en la ósmosis voz-piano, y estilo, sobre todo estilo en los antípodas del alarde. El tenor Manuel Gómez Ruiz y el pianista Ignacio Clemente Estupiñán dieron lección de las singularidades del género en su recital para la Sociedad Filarmónica, un ente que, al borde de los 175 años de historia, sigue fiel a una de sus constantes programadores: apostar por jóvenes artistas canarios de probado talento. Fue una gran velada, en la atmósfera idónea para degustar el refinamiento de los intérpretes.

El insuperable tandem Schumann-Heine abrió sesión con el ciclo Op.24 del primero. Reconcentrados en el casi susurro, expansivos en la alegría y el humor, lentos o vivos, apasionados o remembrantes, los nueve lieder de ese cuaderno magistral fueron proyectados como declaración de principios: ésta es la poética de la canción alemana en la plenitud del siglo romántico, y con ella salimos al encuentro de la sensibilidad oyente en el siglo XXI. Cambio a la lengua inglesa del Barroco para cantar a Shakespeare en la mùsica de Purcell,  y vuelta a la alemana para ilustrar  la agilidad clasicista de Haydn en otra inspiración shakespeariana.

El paso por cuatro temas de Beethoven sobre Goethe y otros autores fue una tesis sobre el klangideal del genio en sus piezas más libres, líricas o burlescas. Y, para cerrar un salto musical de tres siglos, las cinco canciones sobre Shakespeare op.23 de Roger Quilter, compositor del XX. Diversidad en los standars melódicos y los registros expresivos que exigen los humores e intimidades de los inmortales sonetos del “cisne de Avon”, todos lúdicos o amatorios, explícitos o secretos. Una delicia.

Aplaudidos y braveados, tenor y pianista regalaron dos bises, dedicando Manuel Gómez el primero -un divertido Mahler- a la memoria de Lothar Siemens, a quien debe la elección de Berlìn para sus estudios y, consecuentemente, la posibilidad de este recital.

Concierto

Lieder alemanes y songs inglesas, por el tenor Manuel Gómez y el pianista Ignacio Clemente

Día y lugar

4 de mayo de 2017, Paranifo de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria


NOTAS AL PROGRAMA:

Tal como explicita el lema del concierto de hoy Liederabend, velada de canciones, escucharemos esta noche un recital de lieder. Este género musical consiste en una breve canción lírica, cuyo texto es un poema, al que el compositor pone música para voz y un acompañamiento que por lo general es un piano. Apareció en el periodo clásico y obtuvo su momento de máximo esplendor en el Romanticismo, sobre todo en los países germanos. Mozart y Haydn componen para esta forma musical, pero será Beethoven con su An die ferne Geliebte (A la amada lejana), el que inicie la composición de un ciclo de canciones, que alcanzará el culmen con los ciclos de Schubert y Schumann.

De este compositor escucharemos su ciclo LiederKreis (Círculo de canciones), op. 24, basada en nueve poemas de Heinrich Heine de fuerte contenido emocional, se completa la primera parte con el estreno mundial de Las horas llenas de Guillermo García Alcalde con textos de Tomás Segovia.

La segunda parte se estructura sobre un leimotif que gira alrededor de William Shakespeare, que aporta los textos de sus poemas para todos los compositores, con la excepción de los cuatro temas de Beethoven que no pertenecen al dramaturgo inglés.

La primera obra se inicia con If Music be the food of love de Henry Purcell, cuyo texto es un resumen sobre los poderes de la música que el poeta transfiere a la amada, con una música estilísticamente anclada en los finales del siglo XVII. El tema está basado en la comedia Twelfth Night, conocida en España por Noche de Reyes.

De la misma comedia de la pieza anterior, Joseph Haydn puso música en 1795 a She never told her love y la incluye en sus Six Canzonettas II, (H. XXVIa/34)  siendo el primero de los grandes compositores del Clasicismo en incorporar textos del poeta de Stratford upon Avon. Como es un tema de desamor, Haydn compone una triste melodía, en tono menor, apoyada con acordes y un ligero arpeggiato, apagándose la voz del cantantes al final.

Las cuatro siguientes piezas pertenecen al genio de Bonn:

Der Kuss (El beso) op. 128. El texto de C.F Weisse, última canción de Beethoven publicada en vida, con un tema festivo y gracioso.

Las dos siguientes piezas pertenecen a J. W. Goethe, incluidas en el opus 52,

la nº 7, Marmotte (Marmota) es una canción jocosa y la nº4, Meilied (Canción    de mayo) un canto a la primavera.                                                                        

La última obra basada en un poema de K. F. Herrosee, catalogada WoO 123, es Ich liebe dich (Yo te amo), es una bella canción de amor.

Del máximo exponente del lieder alemán, Franz Schubert, son las dos siguientes piezas, ambas con textos del poeta inglés. La primera Horch, horch die Lerch D. 889, es de la tragedia Cymbeline, es una serenata sobre un tema británico antiguo llena de un significado profundo y metafórico, la segunda  An Sylvia D. 891, traducida de un poema de Los Caballeros de Verona, basada en tres estrofas que se repiten sobre la misma música, con forma AÁB y es en la Á donde Schubert logra mediante cambios inesperados en la armonización unos sentimientos emotivos.

La última obra Five Shakespeare Songs es del compositor británico Roger Quilter, que compuso dos ciclos de canciones de Shakespeare, del segundo opus 23 escucharemos las canciones: Fear no more the  heat o the sun, Under the greenwood tree, It was a lover and his lass, Take, o take those lisp away y Hey, ho, the wind and the rain, son canciones que llevan un marchamo de música tradicional, basadas en la primera en Cymbeline, las dos siguientes previamente publicadas son de As you like it, la cuarta es de Measure for Measure y la última es el final de Twelfth Nigh.

Espero que disfruten del concierto que nos llevará a través de los distintas épocas de la historia de la música.

Juan Bethencourt Morell

 


TRÍO DE LA ROYAL CONCERTGEBOUW

Trío Concertgebouw

Ambiente mágico en el Paraninfo universitario

Juan Bethencourt Morell (PERIÓDICO LA PROVINCIA)

El pasado viernes 28 abril en el Paraninfo de la Universidad de Las Palmas y con una media entrada, la Sociedad Filarmónica presentó al Trío de la Royal Concertgebouw de Amsterdam.

Podemos decir que fue un concierto atípico, ya que los componentes que conformaban el trío, fueron dos violines y una viola, creo que por primera vez la Sociedad Filarmónica presentaba una plantilla con estos instrumentistas.

El trío está formado por integrantes de la Royal Concertgebouw Orchestra: Marc Daniel van Biemen es el primer violín y emplea un Amati de principios del siglo XVIII, Benjamin Peled toca el segundo violín con un instrumento del francés J.B. Villaume del siglo XIX y Jeroen Woudstra interpreta con una viola de Jean Baptiste Lefèbvre de 1767.

Comenzaron por el opus 75ª de Dvorak compuesta en 1887, que es una versión para dos violines y viola de la opus 75, Las 4 piezas románticas para violín y piano, el trío con una interpretación ajustada en la que el segundo violín, ejecutó una serie de acordes arpegiados, que se corresponderían al piano de la opus 75. Aunque es una obra post-romántica, se nota ya el influjo nacionalista del maestro checo.

Continuó el concierto con el Dúo en Sol mayor Kv 423 de W. A. Mozart, única excepción al resto de compositores eslavos que completaron el concierto. Obra de estética clasicista con una interpretación al estilo concertante, ya que no existió en ningun momento que un instrumento destacara  sobre el otro. Actuó como violín Peled y la viola corrió a cargo de Woudstra, muy afinados y con muchísima musicalidad interpretaron el Allegro, el Adagio y el Rondó.

La segunda parte se inició con la obra de los Tres madrigales para violín y viola, H 313 de Bohuslav Martinü, compuesta en 1947, siendo interpretada con el otro violinista, van Biemen, y el viola Woudstra, que intervino en todas las piezas. Se advierten influencias  del neoclasicismo stravinskiano, correcta ejecución y empaste entre los dos instrumentos.

Con el conjunto completo y de la mano de un Dvorak más nacionalista, pasamos a oír el Terzetto opus 74, con evocaciones del folklore checo.

Cerró el concierto la Serenade op. 12 de Zoltán Kodály, en el Allegramente el viola Woudstra hizo que sonara su Lefèbvre con un sonido grave y rotundo, mientras que era acompañado con violentos pizzicati de los violines. En el movimiento Lento ma non troppo se luce el primer violín, con una bella melodía acompañada con un rápido ostinatto del segundo violín. En el Vivo del tercero, Kodály recrea una melodía del norte de Hungría, con acordes disonantes arpegiados sin la intervención de los arcos.

Los músicos todos primeros atriles de la RCO, demostraron claramente el por qué pertenecen a esa orquesta, de técnica depurada y bella musicalidad, crearon un sonido especial y con la suerte de interpretar su música con fabulosos instrumentos.

Resumiendo podemos decir que la interpretación del atípico trío, de dos violines y una viola, derivó en una actuación rodeada de una extraña energía, de como si algo mágico se difundiera en el ambiente del recinto universitario.ç


NOTAS AL PROGRAMA:

Antonin Dvorak es el compositor checo de mayor presencia internacional. Heredero directo del dramatismo de Smetana, influyó también en las composiciones tempranas de Janáček. Junto a Martinů conforman el cuarteto de quasi únicos reconocidos creadores checos que frecuentan los programas de concierto.

1887 fue un año prolífico para él: abundante música de cámara, para voz y piano, y hasta una ópera cómica que no ha trascendido. La primera obra de cámara de ese año, compuesta en una semana, fue el Terzzetto en Do Mayor, escrita para ser interpretada además con su vecino, el violinista amateur Josef Kruis, y el propio compositor a la viola. Resultó demasiado ambiciosa para Josef, lo que empujó a Antonín a escribir el menos complejo trío que escuchamos esta noche. Como ha ocurrido otras memorables veces en la historia, obras sin gran pretensión – incluso escritas para intérpretes amateurs-, denotan un golpe de genuinidad y frescura que les granjean perdurabilidad en las salsas de concierto. El propio compositor manifestó que le divertía tanto escribir estas sencillas obras como una magna sinfonía; incluso que los mismísimos Beethoven o Schumann, también, se expresaban en ocasiones con medios tan simples como él. El oyente de hoy, empero, probablemente no distinguirá a simple golpe de oído las diferencias técnicas entre el primigenio terzetto y las miniaturas.

Terminado el primer Terzzetto  (Op.74 B148), se convierte Josef Kruis en el involuntario precursor de las posteriores Drobnosti (Miniaturas Op.75a B149), escritas ambas en enero de 1877. Se trata de 4 movimientos de tablatura y tempi demasiado convencionales para lo que ya acontecía armónicamente en el último cuarto se siglo. De carácter amable y grácil, infieren al intérprete el desafío de ejecutarlas evitando banalidades. Reseñable en este aspecto es el segundo movimiento, que presenta reminiscencias del folclore checo hacia el final del número.

Desde que surgieran las primeras obras para dos voces, y el estilo discantus desafiara a la técnica compositiva –luego de los quasi naif organa paralelum-, la relación entre ambas ha tenido una dispar evolución. Los dos dúos de esta velada (Mozart y Martinů), por ser creación camerística a dos, profieren una completa amalgama de posibles ilaciones entre dos partes semejantes, tales como la unidad, la imitación, el contraste, el protagonismo y subordinación, pertinencia e inferencia.

El dúo mozartiano podría bien ser uno de sus cinco conciertos para violín. Más aún, nos recuerda en su escritura –y mucho- al concierto nº5. En este dúo sendos instrumentos son solistas, y hasta responden como si de la orquesta se tratara. Compuesto en el verano de 1783, y junto al correlativo K.424, completaba este dúo un total de 6 de Michael Haydn, que habrían de satisfacer las necesidades del Arzobispo Colloredo quien, al parecer, no distinguió las muy evidentes diferencias entre éste y los de Haydn.

Mozart daba tratamiento igual a ambos instrumentos–como ya hiciera en la Sinfonía Concertante-, mientras que Haynd entendía más el violín como solista. La estructura de ambos dúos es similar, con allegros, adagios y rondó o tema con variaciones. Una descripción más profunda sería deseable, pero precisa de un espacio mayor a estas breves notas introductorias.

La música de Zoltan Kodaly presenta un basal modal que se nutre de la idiosincrasia húngara, por un lado, y de su conocimiento de las muy vertebradas y prolijas armonías que se desarrollaron en Centroeuropa en las primeras décadas del XX, por otro. De gran sensibilidad y extremo eficiencia para generar atmósferas sonoras complejas con sencillos recursos, no vivió al margen de las vanguardias centroeuropeas. El maestro Juan José Falcón Sanabria dijo una vez que Kodaly había nacido en el lugar adecuado, en el momento adecuado. Se empeñó sobre todo en conocer la música de las diferentes regiones de su tierra –y compilarla-, y participó activamente en el desarrollo de la educación musical del siglo pasado con la elaboración e implantación nacional de su método musical. Entre 1918 y 1920 compuso esta Serenade en tres movimientos mientras revisaba

Rubén Mayor