Sociedad Filarmónica

 LOS VLACH, EN LA ENTRAÑA DEL CUARTETISMO

G.García-Alcalde (PERIÓDICO LA PROVINCIA)

Quienes crean que para tocar un cuarteto de cuerda basta la conjunción ocasional de los cuatro instrumentistas, tendrían que meditar sobre los miles de horas de trabajo estable que signan la cohesión, la transversalidad de reflejos y reacciones, la precisión de los planos sonoros y el equilibrio expresivo de los verdaderos intérpretes del género. En resumen, los valores desplegados por el Cuarteto Vlach de Praga. Con el segundo en la mayor del vasco Juan Crisóstomo Arriaga (que tan solo vivió 20 años, a principios del XIX) dieron erguida imagen de la personalidad de un clasicista tardío y precozmente magistral. Cada uno de los cuatro movimientos, y sobre todo las variaciones del segundo, fue un canon de estilo, gracia y rigor.

El salto a 1966, con el número 11en fa menor Op.122, de Shostakovich, describe una intimidad en los antipodas. Como poema de siete estrofas sin solución de continuuidad, encuentra en los acentos sombríos, el ambiente fùnebre del adagio y la desolación del moderato final la atmosfera crítica y melancólica de uno de los genios del siglo XX. En la frontera de la atonalidad y en la disonancia no dodecafónica, incidieron los extraordinarios intérpretes para reflejar un universo de extrema decantación solìstica y de conjunto. La belleza del sonido y el clima introspectivo del discurso fueron testimonio de una época que sumaba dos grandes guerras, el holocausto y la persecución censora de la tiranía soviética. Conmovedora lectura.

Vuelta atrás, a 1894, con el Cuarteto americano en fa de Dvorak, número 12 op.96 de su colección, iluminado por el brillo del optimismo y el original tratamiento de motivos inspirados por la naturaleza y el folclor de los Estados Unidos (incluido el jazz y los cantos espirituales que también llevaron a subtitular la obra como Cuarteto negro). La belleza de los cuatro instrumentos, tañidos con el diferenciado carácter de las cuerdas bohemias, y la espléndida musicalidad del conjunto, ganaron un éxito grande, cálidos aplausos y regalo de un popular scherzo del compositor.

Los presidentes que la Filarmónica ha tenido esta temporada, Pilar Roca y el actual Pedro Schlueter, salieron a escena para agradecer la lealtad del público, recordar la ya próxima celebración de los 175 años de la Sociedd (2020) y agradcer una distinción del Conservatorio Profesional de Música de Las Palmas.

Concierto

Cuarteto Vlach de Praga, para la Sociedad Filarmónica de Las Palmas de GC.

Programa

Cuartetos de Arriaga, Shostakovich y Dvorak

Día y lugar

24 de mayo de 2017

 


NOTAS AL PROGRAMA.

El cuarteto de cuerda es, sin duda alguna, el género de cámara por excelencia. Desde que surgiera en plena época del clasicismo no ha parado su expansión hasta nuestros días, convirtiéndose en reto casi obligado para cualquier compositor y piedra de toque imprescindible para el intérprete.  La capacidad de esta exquisita combinación instrumental para condensar y combinar ideas, timbres, tensiones y formas hace que tenga un hueco de honor en todas las temporadas de conciertos.

Si hablamos de Juan Crisóstomo Arriaga, sobran referencias a la obra de un genio desaparecido prematuramente dejando un catálogo escaso pero interesante desde todo punto de vista. Sus tres cuartetos, compuestos en Paris en 1823, son un claro ejemplo de ello. Considerados como primeras composiciones del género, podrían significar el augurio de una importantísima obra posterior, pero si los consideramos como la obra madura de un autor que apenas les sobreviviría, son una muestra perfecta del conocimiento y saber hacer de un compositor de su tiempo.

El segundo de los cuartetos se inicia con un Allegro con brio de talante desenvuelto que posee todos los ingredientes propios de un compositor con talento e ingenio. El segundo movimiento desarrolla unas fluidas variaciones entre las que destaca sin duda la pequeña variación en pizzicato. El Minueto, cuyo carácter de scherzo aparece explícito en la indicación del tempo, encuentra un acertadísimo descanso en el tratamiento del Trío central. El último movimiento se inicia con una sección pausada e insinuante a la que sigue  un Allegro desenfadado. De estructura un tanto inusual entre la forma sonata y el rondó, parece una declaración de intenciones por parte del compositor por explorar nuevas combinaciones formales.

En los 36 años que separan la composición de sus 15 cuartetos, Dmitri Shostakovich aborda una las más bellas, emotivas  e interesantes series de todo el siglo XX. Una colección de gran capacidad comunicativa capaz de crear un universo expresivo sólido que se ha ganado un puesto entre el repertorio habitual.

De entre ellos destaca por su singularidad el cuarteto número 11 en fa menor, compuesto en 1966.

Siete movimientos que se interpretan sin interrupción conforman esta obra de la que poco se suele hablar. Dedicada a la memoria de un querido amigo y admirado intérprete, el tono escogido es sin lugar a dudas elegíaco, y se desarrolla bajo una atmosfera un tanto irreal. Sorprende asimismo la indudable simplicidad melódica en una obra que sin embargo transmite una profunda expresividad.

Escrito en 1893 durante un periodo muy corto de tiempo en un pequeño pueblo de inmigrantes checos en el estado de Iowa, el cuarteto “Americano” es junto a la Sinfonía del “Nuevo Mundo” una de las obras más reconocidas de Antonín Dvorak, compartiendo ambas  no solo el sobrenombre sino varias similitudes estilísticas.

Muchos encuentran en este cuarteto citas e influencias de la música negra espiritual así como elementos rítmicos de la música india americana. Otros dudan de que el cuarteto haya encontrado su mayor inspiración  a partir de los sonidos que el compositor escuchó en América y sostienen más bien que se basa en ciertas similitudes melódicas y rítmicas en las que coinciden tanto la tradición checa como la música negra americana. Esta diferencia de opinión realmente importa poco a la luz de la enorme popularidad y atractivo universal del cuarteto.

El inconfundible primer movimiento parece insinuar al cuarteto “De mi vida” de Smetana, del que surge la viola enunciando la primera idea melódica basada, al igual que otras muchas durante el cuarteto, en la escala pentatónica característica mara de Dvorak posee el lirismo emocional de un ariauerdan casi gama pentatdmirado intñerprete el tono es sin lugar a dudas elegde numerosas tradiciones folclóricas alrededor del mundo.

En lo que si hay amplio consenso es en la consideración del movimiento Lento de este cuarteto como la culminación del lirismo de Dvorak, auténtica obra maestra de escritura y capacidad melódica que se ha convertido en una joya de la literatura camerística de todos los tiempos.

 R. Talavera Gil