TEATRO PÉREZ GALDÓS / 28 DE NOVIEMBRE 2018


  • ASISTENCIA / 558
  • DURACIÓN / 1:30’
  • VALORACIÓN DEL PÚBLICO / Muy BUENA

NOTA AL PROGRAMA

RACHMANINOV A PESAR DE TODO Y DE TODOS.
Leí a un crítico con asombro, hace ya algún tiempo, que Tchaikovsky y Rachmaninov no habían aportado nada a la música. Terrible y sesgada opinión. Háztelo mirar, diría yo.

El crítico actual no está para instruir sino para aclarar. No debe descalificar la creación sino la interpretación y más si esas obras superan su edad. Si no le gusta una obra, con decir ‘no me gusta’ es suficiente.

Lo cierto es que, a pesar de que al público le gusta su música, a ojos de muchos músicos, profesionales y especialistas Rachmaninov era »una nulidad como creador que depositaba sus lágrimas a los pies de Tchaikovsky». Se le acusaba de sentimentalismo, banalidad, etc. Creo que es exagerado. Si su obra no tuviese nada que decir, habría desaparecido.

Rachmaninov fue un magnífico y genial pianista, aparte de compositor. Las obras que sonarán aquí, está noche, pasaron y revivieron en sus manos. Chopin, junto con Liszt, son caballos de batalla para cualquier intérprete. Rachmaninov, como concertista, los tenía en su repertorio habitual. Eran, según parece, versiones muy románticas, a veces exageradas y explotando todo su virtuosismo. La mazurca es una danza tradicional polaca mucho antes de
que Chopin le dedicase la atención. Hechizó al compositor, que vivió gran parte de su vida fuera de su Polonia natal. Su mazurca más antigua conocida es de 1820, cuando tenía sólo nueve años. Durante su vida, compuso más mazurcas que ningún otro tipo de piezas. Chopin sacó de sus raíces este simple baile de tres por cuatro, con su característico acento, y lo introdujo en los más sofisticados salones de la época. Técnicamente, algunas mazurcas pueden estar al alcance de cualquier aficionado con talento, pero interpretativamente son exigentes hasta el extremo, y se necesita mucha sofisticación pianística para acercarse a un resultado satisfactorio. Musicalmente,
son muy estilizadas y a veces muy experimentales en sus progresiones, armonías y melodías, y el secreto de una gran interpretación está en captar este aspecto, además del espíritu de la danza. Las mazurcas Op. 59 están emplazadas entre la Tercera Sonata y la Barcarola Op. 60. Reflejan el particular estado de ánimo que atraviesa Chopin cuando las compuso. «En estos momentos no estoy del todo en mí mismo. Como de costumbre, ando por mundos extraños, quizás espacios imaginarios. Pero no me avergüenzo de ello. Me siento un verdadero mazorviano, y desde este sentimiento he compuesto, sin pensarlo demasiado, tres nuevas mazurcas». Así escribía el
compositor en julio de 1845. La Mazurca el La menor es refinada con una extensa sección central que rebosa elegancia. La sencillez de la mazurca en La bemol mayor N. 2, oculta una estructura tripartita tonal interna que, sin embargo, fluye con exquisita dulzura. La última Mazurca de este opus, fue la primera que se compuso. Es la más ‘eslava’ de las tres. Sobre un inconfundible ritmo de danza, Chopin desarrolla un motivo pintoresco que es la
esencia melódica de la pieza. Las sonatas de Mozart fueron infravaloradas durante mucho tiempo. Por fortuna, después de la Segunda Guerra Mundial, los principales concertistas, desde Kempf, Lili Kraus o Serkin hasta Brendel, Barenboim, Perahia, Uchida o Maria Joao Pires han corregido este desequilibrio. Estas piezas, a diferencia de las Sonatas de Beethoven, han sufrido por no haber sido continuamente desarrolladas como colección. Mozart
alimentaba de manera irregular su catálogo de piano sólo. El gran pianista mozartiano Arthur Schnabel dijo acerca de estas Sonatas que eran demasiado fáciles para los niños y demasiado difíciles para los adultos. Antes de la guerra, pocos eran los pianistas que interpretaban con asiduidad obras de Mozart en los escenarios. Rachmaninov fue uno de ellos. Cuentan que sus versiones fueron siempre transparentes, pero románticas. Dándole una energía
quizás excesiva y proponiendo a Mozart como un antecesor de Beethoven. Esta Sonata era una de sus favoritas. La Sonata en La, K. 331 es célebre por su final, la famosa ‘marcha turca’. A pesar de su excesiva fama y vulgarización, la
obra es de gran sutileza y de corte muy original. Comienza con un Andante de ágiles variaciones sobre un tema puro. Sigue con bello y gran Minueto central cuya nobleza carece de toda pompa y se despliega sin renunciar en ningún momento a su gracia. Finalmente, la Marcha Turca, cuyos acentos atronadoresy bárbaros son llevados con extremada delicadeza. Mozart utilizó todos los clichés de la ‘música turca’ de la época. Alternancias tajantes de ‘forte’ y de ‘piano’, de tono mayor y menor, dándole a toda la pieza un brillo lleno de humor. Rachmaninov y Scriabin se conocieron en las clases de piano de Nicolai Zverev. Rachmaninov tenía doce años y Scriabin trece. También estuvieron juntos en el conservatorio, pero al concluir y ser premiados por sus trabajos, se separaron. Rachmaninov tenía un carácter agrio, taciturno, de pocos amigos. Obstinado, pero sereno. Todo lo contrario a Scriabin. El fracaso de su Primera Sinfonía fue, para Rachmaninov, un antes y un después. Decidió no arriesgarse, incluso se planteó  dejar la composición. El éxito de su Segundo Concierto para piano, le marcó el esquema para componer y no salirse nunca
de esa línea. Scriabin, en cambio, se lanzó a experimentar. Creído de un don y refugiado en un creciente misticismo, fue original, revolucionario, fascinante y enigmático en muchos de sus logros. Aún queda mucho que apreciar, pianísticamente hablando, en la obra de este vivo hombrecillo rebelde. Ambos fueron grandes concertistas. Rachmaninov interpretó obras de Scriabin, sobre todo las de la primera época. Scriabin jamás tocó una obra de su compañero de clase. Las Sonatas para piano de Alexander Scriabin, como sus Preludios, abarcan toda su vida creativa. La primera de sus sonatas publicadas, la N. 1 en fa menor, Op. 6, se escribió en 1892, cuando tenía veinte años. La última, la N. 10, Op. 70, la completó en 1913, dos años antes de su prematura muerte, y es la culminación de cinco originales de un sólo movimiento que compuso en un arranque de inspiración. Pero antes de estas revolucionarias y expresionistas obras, creó cinco anteriores donde destaca esta Segunda Sonata N. 2 ‘Sonata – Fantasía’. Fascinado por la Sonata ‘Claro de Luna’ de Beethoven, Scriabin crea un extenso movimiento lento, sinuoso y romántico con momentos de dramática tensión. Y acto seguido, cierra la obra de forma rápida y brillante con un breve, pero efectivo ‘Presto’. Denota también está pieza el extenso estudio que realizó Scriabin de la obra de Chopin que, además,
interpretaba asiduamente en sus conciertos. Las grandes obras para piano de Rachmaninov no han tenidoun éxito tan uniforme como sus miniaturas, en especial los’Preludios’. No obstante, la Sonata para piano N. 2, la máspopular de sus grandes obras para piano, resume el estilo  maduro del compositor. Sus tres movimientos combinan impulso dramático, lirismo conmovedor, virtuosismo, intrincada polifonía y complejas relaciones estructurales y temáticas.   la obra es un microcosmos de material musical vivo, el cual está interrelacionado entre sí. Al nervioso, bravo y lírico movimiento inicial, le sigue un fragmento lento y por momentos dramático. El desbordante final reafirma y cierra con  la obra. A pesar de su unidad orgánica y sus credenciales pianísticas, Rachmaninov no estaba contento con esta Sonata. Él sufría frecuentes  dudas creativas y crisis de confianza. Quería cortar la obra y aligerar la polifonía, que le parecía excesiva. Pero a Rachmaninov no se le daba bien cortar una obra que había compuesto él. La versión revisada de 1931 es más tersa y menos densa, pero muchos opinan que el compositor se excedió y suprimió material importante. No puedo cerrar estas notas sin comentar que la obra de Rachmaninov goza de la misma popularidad que siempre tuvo, que su música rehúsa obstinadamente a desaparecer. Los pianistas jóvenes la tienen en su repertorio e incluso cierran programas como es este caso, después de Mozart, Chopin y Scriabin. Y lo «doloroso», para muchos críticos y expertos, es que no hay signos de decaimiento en el fervor que se le tiene. Rachmaninov a pesar de todo y de todos.

Sebastián León.


CRÍTICA

EL PIANISMO ARQUITECTÓNICO DE DMITRY SHISHKIN

G.García-Alcalde

Tres sonatas en un recital anuncian en principio la autoexigencia del intérprete. Dmitry Shishkin, pianista ruso de 26 años, bordó las de Scriabin y Rachmaninov pero no convenció en la de Mozart, aparentemente más “fácil”. Una sonoridad muy mozartiana,  con peso digital bien controlado y fraseo correcto, no bastó para remontar la sosería y el descuido de un “toucher” poco limpio. Y es una Sonata, la número 11, cuya genialidad innovadora está opacada por la popularidad del último movimiento, la tópica “marca turca” que, significativamente, fue lo más atropellado.

Las esferas romántica y tardorromántica son las más afines a Shishkin. En ellas vuelca sus códigos personales con una técnica poderosa. De las diez sonatas de Scriabin, es la segunda , formidable, la más elocuente en la agónica lucha por superar el siglo XIX y ubicarse en el XX con todos sus conflictos armónicos e ideológicos. La interpretación estuvo a la altura de la obra y de su abigarrada grandeza. Sobrado de virtuosismo,  el intérprete hizo sonar los colores y volúmenes de un expresionismo “avant la page”.

Y con la también segunda de Rachmaninov construyó una imponente arquitectura en la que el tematismo melódico cede su primacía a los grandes gestos estructurales. Es el pianismo “sinfónico” extendido a todas las octavas del instrumento y volcado en la expresividad de la técnica trascendental que no se agota en sí misma, sino que erige una teoría de los colores y volúmenes tan variada como coherente. Magnífica ejecución, en los límites de lo que dos manos pueden  hacer.

Entre las sonatas escuchamos las tres Mazurkas Op.59 de Chopin, piezas de madurez que el intérprete supo limpiar de sensiblería para buscar en los delicados ecos escondidos bajo la línea principal el acento nostálgico de la patria polaca. Una página raveliana de gran compromiso fue el regalo ganado por los aplausos del público.

 

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