• ASISTENCIA / 365
  • DURACIÓN / 1:40’
  • VALORACIÓN DEL PÚBLICO / BUENA

DESDE RUSIA CON AMOR, PASANDO POR PARÍS.

Este guiño inicial, a lo James Bond, sólo intenta llamar la atención sobre la relación que hubo, intensa y fructífera, entre un país y una ciudad. París provocó, y aún provoca, un enorme atractivo para cualquier persona sensible a la cultura. En el caso de Rusia y los países eslavos, su fascinación se remonta a la época napoleónica e incluso antes. Sabido es que el francés fue, antes de la llegada del inglés, el idioma de la corte, de la aristocracia y de las relaciones políticas en Europa.

El enorme atractivo de París para todos los compositores rusos y eslavos fue indudable en el siglo XIX y principios del XX. Incluso hoy, París sigue siendo un importante centro cultural y un laboratorio musical para los nuevos creadores. Todos los compositores que sonarán esta noche fueron a París en algún momento, vivieron allí, se formaron allí, estrenaron sus obras allí e incluso murieron en la capital francesa. La influencia de París en la vivencia diaria y el carácter de estos compositores marcará definitivamente la Historia de la Música.

De las oleadas eslavas hacia la ciudad de la luz habría que remontarse a la mitad del siglo XIX, a ese deseo de triunfar en Viena y París de los creadores más allá del Rhin y del Danubio. Liszt y Chopin apostaron por hacerse un nombre en París, viviendo incluso como hijos adoptivos de Francia. Pero fue la Compañía de los Ballets Rusos con Diáguilev (1872-1929) al frente quiénes, al desembarcar en París en 1909, creó todo un fenómeno artístico, musical y cultural. Tal fue su revulsivo que, aún hoy, se habla, se imita, se regresa a sus coreografías y se añora aquel esplendor.

Pocos son los pianistas que afrontan un programa tan valiente. Valiente porque lo espectacular puede eclipsar los matices. Un reto así sólo se puede entender desde la técnica, la inteligencia, la constancia, el esfuerzo y la juventud.

No es de extrañar que el recital comience con una pieza de un compositor rumano como el intérprete. George Enescu (1881-1955) fue compositor, violinista, profesor, pianista, director, violonchelista, prácticamente no hay ningún campo que no dominara. Probablemente, el mejor músico que ha dado Rumanía dividió su carrera musical entre su tierra natal y París donde fallece. Alumno de Faure y Massenet y formador de grandes violinistas como Arthur Grumiaux y Yehudi Menuhin, entre otros. Tuvo la suerte o la desgracia de componer su archiconocida ‘Rapsodia Rumana’ de 1901. Esta es una de esas piezas que consigue tal fama que el compositor lamenta haberla escrito, porque eclipsa completamente el resto de su obra en el imaginario del público. Sin embargo, su producción es extensa y variada con tres sinfonías, una ópera (Edipo), una amplia música vocal y de cámara y múltiples piezas para violín y para piano.

Siete piezas repletas de fantasía componen la Suite para piano N. 3 ‘Piéces impromptues’, op. 18. Piezas con diferentes influencias que van desde Rachmaninov hasta Richard Strauss, pasando por Mussorgsky. El ‘Carrillon Nocturne’ que cierra la Suite, se suele interpretar como pieza separada y anuncia la música de Messiaen con sus personales acordes.

Contra toda evidencia, Modesto Mussorgsky(1839-1881) desordenado, holgazán, dipsomano, no hizo honor nunca a su nombre y se creyó en la poderosa eficacia de su originalidad única y en su ego inspirado. Por eso no es de extrañar el que la serie de intentos por lograr la obra de su vida, por medio de retocar y perfilar dando forma, haya sido superior a su misma producción total. ¿Qué sería de sus óperas sin Rimsky-Korzakov?. ¿Dónde estarían hoy los ‘Cuadros de una exposición’ sin la genial y caprichosa orquestación de Ravel? Aun así, Mussorgsky, será con su “Boris” una inmensa sombra para las creaciones musicales posteriores. Desde un tema al final de la Segunda Sinfonía de Sibelius a las claras alusiones en la obra de Shostakovich (Largo de la Quinta Sinfonía, Cuartetos de Cuerda, etc.), pasando por la vocalidad del “Pelleas” que el propio Debussy reconocía.

Cuando en 1874 Manet cuelga en la casa de Durán en París un cuadro titulado ‘Sol naciente – Impresión’, al día siguiente nace el Impresionismo. Verlaine escribía ese año ‘El arte poético’, Bizet terminaba ‘Carmen’ y Mallarmé soñaba con ‘La siesta de un fauno’ que publicaría en 1876. Veinte años después Debussy crearía su paráfrasis musical sobre el poema de Mallarmé, rompiendo moldes en la música. Todo esto viene a confirmar que uno de los tornillos o tuerca del engranaje del Impresionismo Musical fue el nada modesto Mussorgsky.

Así, veinte años antes que estallase la querella entre impresionismo y naturalismo (al que hay que unir su primo latino, el verismo literario y musical) es fácil ver en la obra de Mussorgsky qué afinidades unían en el embrión a estos dos movimientos artísticos, encaminados tanto uno como el otro a descubrir por la magia de los sonidos objetos y sentimientos.

‘Cuadros de una exposición’ es una obra pianística que rompe todas las reglas estatutarias de una obra de piano. En ella se pone de manifiesto un talento elemental que exige del intérprete menos recursos técnicos que compromiso psicológico. Nace a raíz de una exposición homenaje a su amigo Viktor Hartmann, recién fallecido. Muy afectado, decidió preservar las impresiones de lo que vio en un ciclo para piano compuesto por representaciones musicales, separadas gran parte de ellas por “paseos” (Promenade), como si el oyente se desplazase desde un cuadro hasta el siguiente. No hay espacio para ahondar en cada uno de los números que contienen una magia incontestable. Un ciclo que se debate entre lo místico y lo impresionista, entre el realismo y los más sutiles experimentos sonoros y que, curiosamente, no ha hecho jamás escuela.

Serguei Prokofiev(1891-1881) no sólo se enamoró de París sino que la visitó asiduamente y terminó viviendo allí seis años. El ‘enfant terrible’ del piano ruso fue un hombre de éxito hasta que la suerte giró en su contra. Mimado desde la infancia, educado entre algodones, inteligente, culto, privilegiado, se permitió el lujo de ser rebelde e inconformista. El tiempo le enseñará lo contrario en su madurez. Occidente tenía a ‘su’ ruso en Stravinsky, su tierra a Shostakovich; el autoexilio no le ayudó, su regreso a la Unión Soviética tampoco, su primera mujer fue acusada de espía y enviada a un gulag, Stalin y su ‘plan cultural’ lo atemorizaba y lo controlaba y, para colmo, falleció una hora antes que Stalin. Su muerte pasó desapercibida. Esta Sonata se terminó el 28 de Agosto de 1912. Fue una pieza a la que recurrió en muchos de sus recitales porque, según él, demostraba su carácter y su virtuosismo. La influencia de Stravinsky se hace palpable desde el comienzo donde el ritmo crece obstinado en el primer movimiento. El ‘scherzo’, circense e irónico, es un incontenible ritmo de marcha característico en toda su producción. El humor que desprende será siempre una seña de identidad y, pese a su juventud, es uno de los ‘scherzos’ más finos realizados por el compositor para piano. El tercer movimiento explora el lado oscuro y místico del joven Prokofiev, demostrando la capacidad de expresar profundas emociones. El final, algo bárbaro como era habitual en él, se desplaza entre un ritmo sincopado, energía pura y un virtuoso efectismo para recibir la ovación del público. No olvidemos que la fuente principal de ingresos de Prokofiev eran sus recitales pianísticos y más, a los veintiún años.

Después de Prokofiev, los tres Preludios de Scriabin (1871-1915) conforman un hermoso valle donde la alargada sombra de Chopin aparece en el N. 9, donde Debussy y Satie se anuncian en el N. 10 y donde un romántico lirismo se consuma en el N. 11. Scriabin, a diferencia de Prokofiev, con el cual no congeniaba en absoluto, visitó París para dar conciertos y hacerse un nombre. Poco valorado por la mayoría, su aportación es fundamental para entender la evolución pianística del siglo XX.

Díáguilev hizo que París descubriera Rusia como una fuerza de hermosa y sana barbarie, rebosante de nuevos gérmenes que fecundaron el pensamiento musical de occidente. Un año después de su llegada a París, Diáguilev andaba a la caza de nuevos compositores para sus ballets. Fue el empresario el que tenía en mente una fantasía sobre la leyenda folclórica del Pájaro de Fuego. Stravinsky(1882-1971), con veintiocho años, fue el elegido y está obra fue su carta de presentación y su entrada en la Historia de la Música.

El ‘Pájaro de Fuego’ es un brebaje mágico: hechicería musical rusa, recubierta de efectos franceses e iluminada por el talento de Stravinsky. La obra está plagada de referencias a su maestro Rimsky, pero también hay influencias de Glinka, Tchaikovsky e incluso de Wagner. “Stravinsky, con su Pájaro de Fuego, ha encendido las luces del salón wagneriano”, afirmó un crítico de la época. La partitura, donde misterio y esplendor, encanto y bárbaro frenesí se van combinando sucesivamente en sabios contrastes, ejerce sobre el oyente un atractivo excepcional. La adaptación pianística sólo nos dará unas pinceladas geniales a la visión orquestal que el compositor creó, pero nos atrapará con su energía y ritmo contagioso cerrando así una gran velada y, como dice Rick al final de ‘Casablanca’ : “siempre nos quedará París” .

Sebastián León.


La Sociedad Filarmónica abre temporada

CIOBANU, MEJOR EJECUTANTE QUE INTÉRPRETE

G.García-Alcalde

La casi bicentenaria Sociedad Filarmónica de Las Palmas de Gran Canaria ha abierto su temporada 2018/19 con un proyecto de gran pianista. Digo proyecto porque el joven rumano Daniel Ciobanu, virtuoso espectacular, parece interesado en actualizar el repertorio con acentos contemporáneos, que es una actitud llcita y loable; pero el ejecutante aún se come al Intérprete. Con una potencia de ataque descomunal, sus fortísimos suenan ásperos y descarnados, mientras que el precioso cantábile de los episodios tenues y ligados, en los que muestra su vena expresiva, salen casi siempre del pedal una corda. Es como un pintor expresionista que se limitase al blanco y el negro..

Comenzó con dos grandes compositores y directores rumanos del siglo pasado. De Constantin Silvestri, una Bacanal de exagerados contrastes entre el calado salvaje y las filigranas decorativas. Y de George Enescu, un curioso Carillon en el que ambas manos tocan en tonos diferentes y generan un  campaneo de sabrosas disonancias. Cuatro compositores rusos cubrieron el resto de la velada. Bueno está que un texto tan resobado como los Cuadros de una exposición de Mussorgsky,  suene más allá del tópico en lecturas personales y creativas. Pero los porrazos desaforados, secos a veces y otras resonantes en tormentas de armónicos gratos al oído del pianista, pero antagónicos en la escucha por abuso del pedal correspondiente, inciden de contínuo en la estética del claroscuro, sin huellas del estilo del compositor y olvido de su voluntad de sonorizar estampas de carácter.

Aceptable el virtuosismo extremo de la Segunda sonata de Prokofiev, mejor controlada en pulsación y armònicos; excelentes los tres Preludios de Scriabin, escritos cuando ya se despojaba de la piel chopiniana y deliciosamente cantados por Ciobanu; y de nuevo aterradores excesos en la difícilísima partitura sinfo-pianística de una suite del ballet El pájaro de fuego de Stravinski. Lo mejor del programa fueron las págínas tranquilas en dinámicas medias o bajas, con las que el pianista, repito que espectacular, daba la mejor versión de sí mismo, que por ahora es la lìrica.

Celebrado con aplausos perfectamente descriptibles, ofreció como bis una vertiginosa pagina jazzística.  Cuando modere su afán, un tanto teatral, de reinventar la música, el joven Ciobanu puede ser un gran pianista. Ojalá…


Concierto

Daniel Ciobanu, pianista, para la Sociedad Filarmónica

Programa

Obras de Silvestri, Enescu, Mussorgski, Prokofiev, Scriabin y Strasvinski

15 de octubre de 2018, Teatro Pérez Galdós

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