Sociedad Filarmónica

VITALY PISARENKO, POCO QUE DECIR

G.García-Alcalde

El pianista ucraniano Vitaly Pisarenko presentó en la Sociedad Filarmónica una propuesta de piezas breves, difícil y lucida pero exenta de una sola obra de gran formato y amplio desarrollo formal. Contra lo que pueda parecer, estos surtidos se hacen tediosos. Con una sola de las cuatro colecciones del programa y un par de sonatas, hubiera dado más completa imagen de su personalidad, porque está en posesión de la llamada técnica trascendental, con sobrado dominio de todos los recursos virtuosísticos. Cuando esta evidencia se hace indudable, con  el inmenso trabajo que requiere, lo siguiente -que en arte es lo definitivo- no aparece: la voz personal, la opción individual sobre los estándares precedentes. Y es ahí donde el pianista, gran ejecutante, no pasa el umbral. Pisarenko es frío y tiene poco que decir.

Comenzó con una lectura muy canónica de las Tres piezas para piano D.946 de Schubert, fraseadas con esmero y expresión distante, sin compromiso con la entraña musical del compositor al final de su vida, que va más allá de la perfección de la forma. Por el contrario, las diez Piezas op.12 de Prokofiev son chispeantes, caprichosas en su imaginario y coloreadas en las agradables disonancias y los ritmos bien delineados de la juventud del autor. Su carácter heterogéneo y sus brillantes novedades manuales brillaron en la lectura de Pisarenko, sin dejar de ser un bloque demasiado largo para tan ligera estructura.

En las cinco Piezas de fantasía op.3 de Rachmaninov, otro cuaderno juvenil impregnado de decadentismo tardorromántico, sonaron muy agradablemente las melodías de los números impares, sin otros contenidos dignos de mención. Y el chisporroteo a veces lleno de talento y otras meramente decorativo del piano menos ambicioso de Liszt (el de las Rapsodias húngaras), puso fin a un recital de veintidós piezas diferentes. Demasiadas para valorar la poética de un ejecutante espectacular.

 

Concierto

Vitaly Pisarenko, pianista, para la Sociedad Filarmónica de Las Palmas

Programa

Piezas breves d Schibert, Prokofiev, Rachmaninov y Liszt

Fecha y kugar

24 de otube de 2017, Teatro Pérez Galdós


Notas al programa:

 

JÓVENES MANOS, VIRTUOSISMO AL PIANO.

La idea, equivocada o no, que tenemos de un virtuoso del piano es la de un joven intérprete con una melena, dedos largos y un ímpetu apasionado sobre las teclas. Esa idea nos viene revelada de la mano de Liszt y Chopin, baluartes inextinguibles del romanticismo y por supuesto, de la creación pianística. Pero el virtuosismo no siempre tiene que expresarse en desmelenamiento sobre el piano. Obras sutiles, sin malabarismos, incluso obras contenidas y serenas también pueden reflejar un control que sólo un virtuoso puede realizar. Y voy más lejos. En un mundo de clichés y prototipos, el virtuoso del piano puede ya ser un octogenario. Liszt, también fue un ejemplo de esto último, llegando a una avanzada edad sin perder el fuego sagrado de la música en sus manos.

Tres de los cuatro compositores que se escucharán en esta velada vivieron de sus interpretaciones y fueron grandes virtuosos. Schubert queda exento. Él fue un tímido creador de pequeñas y grandes piezas para piano que, por su carácter, prefirió compartirlas entre amigos en las famosas veladas poético-musicales llamadas ‘schubertiadas’.

Rachmaninov nació a destiempo, eso dicen. Admirador sanguíneo de Tchaikovsky, ignora deliberadamente las aportaciones de los compositores de su tiempo. Intérprete fabuloso, pianista serio, virtuoso, vivió y se consagró en y por el piano. Su alejamiento de Rusia en 1917, a la que jamás retornaría, marcó su melancolía y esa serena tristeza que reflejan muchas de sus obras.
‘Morceaux de fantasie’, en cambio, es una obra de su primera época. De 1892. El título refleja más la imaginación de su autor que la forma musical, porque ninguna de las cinco piezas es una fantasía en sí. La ‘Elegía’ marca un tiempo moderado y sirve de introducción, el ‘Preludio’ es la más conocida de las cinco, un corto adagio es ‘Melodía’ y un allegro vivace, ‘Polichinela’. Concluye con una ‘Serenata’ que une principio con fin.

Prokofiev empezó a tocar el piano a los seis años, a los nueve componía óperas. Se empapó de toda la música que llegaba a sus oídos. De Bach a Schoenberg, pasando por Beethoven, Wagner, Strauss o Debussy. Aunque decidió ser compositor, sus dotes pianísticas le permitieron llevar una carrera de virtuoso durante muchos años por todo el mundo y que empezó en 1914 tras ganar el premio Rubinstein, convirtiéndose en uno de los intérpretes más destacados del momento.
Su pianismo ‘concreto’ y hasta metálico se encontraba absolutamente opuesto a la tradición de Chopin y por tanto en las antípodas a Rachmaninov. Poulenc lo definió como ‘staccato sobre el filo del piano’.
Su fama de ‘enfant terrible’ iba unida a su carácter mordaz, irónico, duro en muchos aspectos. Empleaba, por ejemplo, para casi todo la palabra ‘divertido’ con la que respondía, afirmaba, concluía o se reía. Hagan la prueba y verán lo desagradable que puede llegar a ser para los demás.
Las diez piezas breves del Op. 12 sugieren, en su mayor parte, un creador menos agresivo. También revelan por primera vez el amor de Prokofiev por las formas de danza. De las diez, cuatro son danzas (Gavota, Rigodon, Alemana y Mazurca), y una es una Marcha. De ellas, sólo la grotescamente torpe ‘Alemana’ se burla de la forma, las otras son de tono asombrosamente afectuoso y cortés. Pero todas ostentan el fuerte sello de un compositor moderno. La notable ‘Mazurca’, por ejemplo, está escrita completamente en cuartas abiertas en ambas manos. Las otras cinco son ‘Preludio’, ‘Leyenda’ y ‘Capricho’ y, para completar el ciclo, Scherzo Humorístico’ y ‘Scherzo’. Como curiosidad, añadir que Prokofiev escribió otras dos versiones del ‘Scherzo Humorístico’, una para un cuarteto de fagot y otra para voz y orquesta. Las diez piezas fueron compuestas a lo largo de seis años, a partir de 1906. Revisadas en 1913 y estrenadas el 23 de enero de 1914.

Schoenberg decía de sí mismo que era tan sólo ‘un pequeño revolucionario comparado con Schubert’. No andaba descaminado el hombre. Sus últimas composiciones son visionarias. En lo armónico es extraordinariamente moderno, llegando a modular de modo tan asombroso como audaz, y siempre respondiendo a un profundo anhelo de expresión subjetiva.
De las últimas páginas al piano que Schubert nos legó, están estás tres piezas compuestas en 1828 que vinieron a publicarse en 1868. Son muy interesantes por su cercanía con los ‘Impromptus’. La del centro nos canta ‘all’italiana’, una cavatina veneciana con dos tríos. La primera, pieza ‘allá francese’ como muestra su sección central, es una romanza al estilo de Kreutzer o Rode. La tercera, con una coda ruidosa, es una pieza ‘all’angarese’.
Esa fascinación ingenua ante la belleza del paraíso recuperado, este gozo inocente en una luminosidad irreal esta suave sensualidad, son el equivalente a ciertas melodías de Schubert tan dulces que hasta un niño podría haberlas inventado, tan exquisitas en su aparente simplicidad y tan definitivas que no se podría cambiar un sólo ritmo, una sola nota.

Liszt fue y será el paradigma del virtuosismo. Uno de los creadores del club de fans. Desarrolló un estilo eminentemente romántico y virtuosístico que ponía a prueba sus propias capacidades interpretativas, pero con el tiempo fue madurando un lenguaje personal que no sólo en el piano explotaba al máximo las posibilidades del instrumento sino incluso la esencia del lenguaje musical, llegando a los confines de la tonalidad y anticipando logros posteriores ( algunos tan inmediatos como el cromatismo wagneriano, imposible de imaginar sin su aportación ) que llegan hasta la escritura atonal de Schoenberg, el ritmo como elemento fundamental de Bartok y Stravinsky, y el impresionismo de Debussy.
En verano de 1846 volvió Liszt a su país natal. Hungría lo recibió como ‘el más grande de los húngaros’. La emocionada acogida y la dicha de volver a ver los lugares de su infancia reanimaron en él un sentimiento patriótico. Sentía, desde niño, admiración por el arte popular de los bohemios que le lleva a confundirlo con el folclore magiar. Pero lo que Liszt considera típicamente húngaro no es en realidad más que gitano, si se quiere, producto de la recíproca influencia del genio húngaro y el alma gitana.
Imaginamos la facilidad con que el gran virtuoso produciría, uno tras otro, los fuegos artificiales de sus veinte ‘Rapsodias’ escalonadas entre 1847 y 1885, aun cuando la mayor parte fueran escritas o esbozadas antes de 1854. Todas se basan en el tradicional contraste entre las danzas ‘Lassan’ de gravedad un poco melancólica y el frenético ardor de las danzas ‘Friska’. El címbalo y el violín son evocados magistralmente por efectos en el piano. Sin renegar de ellas, Liszt no las consideró más que unas postales musicales de un sentimiento y agradecimiento.
Sin embargo, tanto el ‘Preludio’ como el ‘Andante’ reflejan la grandeza de Liszt y une así al joven virtuoso con el sereno anciano visionario.
La extrema riqueza de su vocabulario armónico, le señala como el más temerario explorador del mundo sonoro de que pueden enorgullecerse las conquistas del siglo XX y XXI en la Música.

SEBASTIÁN.