Crónicas de la Sociedad Filarmónica.

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No aporto nada nuevo al comentar que considero a la Sociedad Filarmónica como un bien muy preciado. Un bien del que he disfrutado desde mi niñez, por lo que me considero persona privilegiada al haber nacido poco antes del inicio de la segunda etapa de su existencia. En alguna ocasión he comentado – y no está de más repetirlo – que la Sociedad Filarmónica, junto con El Museo Canario, el Teatro Pérez Galdós y el Gabinete Literario, constituye pilar fundamental de la cultura grancanaria desde su arranque allá por 1845.
Al igual que cualquier otra persona que podía beneficiarse de sus actividades, fui llevado a los conciertos de la “Filarmónica” desde muy niño: se trataba de un rito familiar, hoy, abandonado. Y como mártir dispuesto a sufrir aquella costumbre a tan temprana edad – siete u ocho años – recuerdo que al principio trataba de pasar el rato del mejor modo posible. Ya fuera desde una butaca o desde un palco, mi entretenimiento consistía en no perder detalle de los movimientos de la extraña y un tanto mágica figura del director de orquesta. Era una época en que casi todos los conciertos se veían favorecidos por la participación de la Orquesta Filarmónica que, por entonces, pertenecía a la Sociedad. (Cuando venía un solista, solían producirse dos tipos de conciertos: uno, el del recital del intérprete, y otro, su actuación con la orquesta.) Y así, cuando el director subía al podio, mi única ilusión era esperar a verlo levantar sus brazos al ritmo de la música; y, en haciéndolo, contemplar cómo se le abría el frac por detrás, pareciendo que iba a emprender el vuelo cual vulgar cucaracha. ¡Fue una lástima que nunca echara a volar hacia las alturas, tal y como mi imaginación pensó que iba a hacerlo en más de ocasión!
A la segunda etapa de la programación de la “Filarmónica” que se inicia en 1943, van unidos los nombres de diversos directores: Luis Prieto, Fernando Obradors, Álvarez Cantos, Pich Santasusana… Tras mi paso por la directiva de la Sociedad Filarmónica – viví la nunca estudiada defección de la Orquesta en profundidad – indagué sobre algunos de aquellos primeros directores titulares de la institución. Del salmantino Luis Prieto tenía el recuerdo de haberme apartado del coro del colegio – con toda la razón del mundo –, por las pocas condiciones de mi voz. Luego indagué sobre su persona; su actividad como pianista para amenizar las sesiones de cine mudo en el Cuyás junto al violinista Aurelio Manclares, y su labor como compositor: una misa canaria y un himno dedicado a Gran Canaria fueron las obras que más me llamaron la atención. Pasados los años, en 1993, visité en su domicilio de Badalona, al ya octogenario director Juan Pich Santasusana. No había hecho otra cosa que sentarme a conversar con él, cuando su amable esposa se disculpó por no poder ofrecerme “Agua de Firgas”. Tras varias horas de charla sobre su estancia y labor en esta ciudad, así como de la pérdida de la partitura del himno que, con letra de Néstor Álamo, había dedicado al Club Victoria de Futbol, el maestro me obsequió con una grabación de su “Glosa al arrorró canario” en versión para chelo y piano. El chelo lo interpretaba un nieto suyo…

Pedro Schlueter.
Abril/junio 2012